El perro gris y sus agudos ladridos. Parece sufrir igual que yo, igual que el chico con marcas de acné y pestañas largas, igual que al que le rompieron el corazón y no sabe por donde empezar a reparar.
A ella, la de la mesa del rincón y los antebrazos de lienzo, no la querían en casa. Le habían dicho que no importaría su suicidio, que ya le habían preparado su lugar en el cementerio. Que no llorarían, que no habría velas ni flores. Y estaba bien.
En la oscuridad, cuando la ciudad duerme y los lobos aullan, entre ésa negrura y aire de cansancio estaba ella, pintando de sangre el lienzo de sus brazos, llenando de humo el filtro de sus pulmones, tentanto a la gravedad... Pero no tenía miedo. Ya no podía sentir.
Una chica, sentada en la acera, con alcohol y marihuana en el sistema la vio saltar.
La vio derramar lágrimas saladas y tres gotas de sangre, miro al cielo y dijo unas palabras inaudibles. Cerro los ojos y simplemente saltó.
Desde su posición la chica cerro los ojos a la par, ¿para qué iba a deterla? Ella quería saltar, así que lo hizo. Rezó una plegaria y pidió a Dios que cuidase su alma.
Y así fue.
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Donde los Escritores van.
Romance¿Para quién escribimos los que no sabemos a dónde ir? ¿Nos leen? ¿Qué pasa sí nunca lo hacen? A veces hay que tener miedo. Pero, ¿a quién le escribo si no es a mí? Foto por Ana Gabriela Zárate Rábago. Instagram: @anagabriela_zr
