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Amor de invierno.

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Me senté a hablarlo con un amigo y ha resultado interesante, productivo.

Cuando te sacas las memorias del pecho, del corazón, resulta más fácil llevarlas.

¿Qué importa recordar el pasado?

Sí fue casi perfecto nuestro amor de invierno, y, tal vez, ni siquiera fue amor.

Tal vez fue vicio, deseo y atracción.

Lo conté con una súplica silenciosa en los ojos, los sentimientos no se muestran ni por error.

No en los tiempos en los que nos encontramos, las chicas son malintencionadas y egoístas, los chicos creídos, arrogantes y maravillosos.

¿Para qué mentirme?

Sí ya sé que me fascina, sí le lanzo miradas de contrabando entre pestañas.

Cuando mira al frente y se rasca la nuca, cuando se observa los brazos y parece no escuchar nada, cuando ve sin ver por la ventana.

Así me gusta, distraído y perfecto.

Perfecto no, sólo: jodidamente atractivo.

Y es lo que le he contado a aquel amigo: nuestra aventura de invierno.

Lo bueno es que nunca quisimos copiar el desastre enredado de Sueño de una noche de verano.

Habríamos tenido problemas al representar emociones, el amor puro.

Así que sería prudente cambiar el título, ponerle Acostón de invierno.

Nunca sentí tus labios contra mi cuello, ni tus manos en mi espalda desnuda pero me habrían puesto la piel de gallina así como las indiscretas miradas a mis muslos expuestos.

Me gustaba tu simpleza, la facilidad de tus movimientos y la cadencia de tus palabras.

Me gustabas completo y, sí, me gusta manejarlo en tiempo pasado.

Para no cometer errores y no precisamente ortográficos.

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