Tenía las ganas y los motivos.
Tan claros cual piel tostada bajo la luna.
Pero terminé, como siempre, escondiéndome detrás de un trozo de papel y versos inconclusos.
Describiendo los lunares en mis hombros y la mancha café en mi espalda.
El tamaño de mis ojos y el color de mis uñas.
Para que la imagen de mí se cuele entre pensamientos y sueños.
Le conté del contraste de la oscuridad contra mi piel; de mi nariz respingada y de los hoyuelos que se me hacen al sonreír.
De mis rizos y la manera en que me encantaría sentir sus dedos enredarse en ellos cada tarde
Le hablé también de mis clavículas y de las lágrimas que llego a soltar cuando no lo encuentro colgado de ellas por las madrugadas.
Me encantaría enamorarme de él.
O, tal vez, no.
Me enamoraría de sus mensajes nocturnos, de la extraña ausencia de sus manos sobre mis caderas, de la falta de sutileza de sus palabras.
Hay un secreto en todo esto, uno que me agradaría guardaras y no se lo llegases a contar sí es que le ves.
Sus ojos.
La crudeza de sus bellos ojos chocolate me enciende los sentidos, me fascina hasta la última célula de mi ser.
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Donde los Escritores van.
Romance¿Para quién escribimos los que no sabemos a dónde ir? ¿Nos leen? ¿Qué pasa sí nunca lo hacen? A veces hay que tener miedo. Pero, ¿a quién le escribo si no es a mí? Foto por Ana Gabriela Zárate Rábago. Instagram: @anagabriela_zr
