Gaia Vitali sólo tenía seis años cuando sus padres la abandonaron en el bosque. Esperaban que muriera y así deshacerse de ella, pero nunca pensaron que la mafia de Calgary la encontraría y salvaría su vida.
Han pasado dieciocho años y ella aún luch...
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GAIA.
Cuando los primeros rayos del sol se filtran a través de las cortinas, me bajo de la cama y cambio mi pijama, el cual consiste en un pantalón de chándal y una camiseta con un pequeño agujero en una de sus mangas lo bastante grande como para meter un dedo por él, por unos pantalones de entrenamiento a juego con una chaqueta. Recojo mi cabello en una coleta que luego trenzo rápidamente para que los fastidiosos mechones no se me peguen en el rostro mientras me encuentro entrenando antes de ponerme las botas de combate; le lleva varios minutos a mis pies para acostumbrarse al frío del neopreno del interior.
Bajo las escaleras y me adentro a la sala de estar en mi camino hacia la cocina para encontrarme a mi madre recostada en el sofá con un viejo libro ocultando su rostro.
—Buen día, mamá —saludo, ingresando a la cocina en busca de una manzana antes de sentarme en el otro extremo del sofá.
—Buenos días, cariño —dice, apartando el libro y dejando a la vista el cardenal amarillo verdoso al costado de su rostro que obtuvo la noche en que fue a cenar a la casa de los Silvestri.
La velada estaba transcurriendo según lo planeado hasta que Zev apareció cubierto de tierra y sangre, al igual que había hecho su hermano en mi casa. De más está decir que Nika y mi padre le preguntaron qué había sucedido, y cuando Zev les confesó que habían sido emboscados ambos adultos gruñeron como los hombres de las cavernas que a veces pueden llegar a ser y se pusieron a hablar entre ellos sobre la transacción y la cantidad de muertes que hubo; pero Lacey enloqueció completamente al ver a su hijo en ese estado y agredió a mi padre cuando se enteró que Gideon había recibido un disparo. Quiso venir a buscarlo, pero mi madre le dijo que yo me encargaría bien de él; y en cuanto mi nombre apareció en la conversación todo dio un giro de trescientos sesenta grados... para peor.
Lacey comenzó a gritar que yo soy una maldita "niña mimada" que tiene que "descubrir cómo es el mundo fuera de este bosque", que está cansada de que sus hijos sean los únicos que arriesgan sus vidas para que el negocio funcione cuando yo también tendría que hacerlo. Y cuando mi madre intentó hacerle entrar en razón... digamos que Lacey no se lo tomó muy bien y la golpeo en el rostro.
—¿A dónde vas tan temprano? —pregunta, mirándome con curiosidad por sobre el marco de sus gafas mientras reacomoda detrás de sus orejas el pelo color caramelo que le cae justo por encima de los hombros.
—Iré a practicar un poco de tiro con arco. —Dándole un último mordisco a la manzana, camino hacia la cocina para tirar el corazón de esta a la basura. Abro el grifo y me lavo las manos para quitarme el jugo de la fruta antes de volver a la sala de estar—. ¿Por casualidad no sabes dónde están el arco y el carcaj de flechas?
—Creo que están en la cochera, querida.
Asiento y abandono la habitación; pero justo cuando llego a la puerta que comunica el garaje con la cocina, mi madre llama mi nombre. Me detengo a medio camino y volteo en mi lugar para enfrentarla.