CAPÍTULO XXVII

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GAIA

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GAIA.

Mis fuertes latidos cardíacos me impiden escuchar cualquier otro sonido, incluyendo los débiles ecos de mis pisadas mientras desciendo las escaleras de concreto. Mis uñas se clavan en mis palmas y para cuando llego al último escalón puedo sentir la humedad de las gotas de sangre en ellas. Aguanto la respiración y con una mano temblorosa enciendo la luz para ver a Gideon amordazado, ensangrentado y atado a una silla.

Escalofríos corren por mi espalda y la repulsión me revuelve el estómago. Trato de sofocar la palpitante sensación; pero aunque mi estómago no tenga nada que vomitar, mi cuerpo se estremece violentamente tratando de hacerlo de todas formas ante lo que veo frente a mí.

Intento avanzar hacia él, pero siento como si mis pies estuvieran pegados al suelo. Bajo la cabeza para ver la razón por la que no puedo moverme, pero mi vista nunca llega a mis pies porque el arma negra que sostengo en mi mano atrapa mi atención.

Hay una frenética y aterrada voz en mi cabeza que me grita que la suelte mientras que otra intenta hacerse escuchar con dulces promesas tentadoras entre reiteraciones de la misma palabra, como si se tratara de un cántico: Mátalo.

La bilis sube y estrangula mi garganta al verme alzando la mano.

No. ¿Qué demonios está sucediendo?

Puedo sentir las lágrimas rodando por mis mejillas cuando apunto directamente al corazón de Gideon.

¡No! Por favor.

Me parece oír mi nombre y parpadeo con confusión cuando veo los labios de Gideon moverse; estoy segura que hasta hace unos segundos él estaba amordazado.

―Nena, no lo hagas ―suplica. Sus lágrimas se mezclan con la sangre y moretones de su rostro haciendo que el gris de sus ojos parezca más intenso―. Por favor, Gaia.

Mi mandíbula empieza a temblar y las lágrimas corren ahora también por mis mejillas, pero por más que intente arrojar el arma mi mano parece estar soldada a esta.

Un sollozo estremece mi cuerpo cuando mi dedo se coloca en el gatillo. Entonces cierro los ojos y escucho el disparo.

El horror en mi cabeza se desvanece lentamente y abro mis ojos a la vez que un grito se escapa de mi garganta. No es sólo un grito, es un alarido de dolor y delirio, tortura y agonía.

El aire frío de la mañana se mezcla con la capa de sudor que cubre mi cuerpo desnudo, pero el frío está tan profundo en mi alma que sé que ninguna cantidad de calor me calentará.

El rostro de Gideon entra en foco y puedo ver que sus suaves ojos plateados están llenos de preocupación. Pero antes que pueda abrir su boca y asegurarme que me encuentro bien, estoy fuera de la cama y corriendo hacia el cuarto de baño.

TraiciónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora