Gaia Vitali sólo tenía seis años cuando sus padres la abandonaron en el bosque. Esperaban que muriera y así deshacerse de ella, pero nunca pensaron que la mafia de Calgary la encontraría y salvaría su vida.
Han pasado dieciocho años y ella aún luch...
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GAIA.
Me despierto sobresaltada por un alto chillido de deleite de mi hijo; y aunque no puedo verlo ni a él ni a Gideon, sonrío como una idiota alegremente.
Abro los ojos y vuelvo la mirada hacia el pequeño despertador en mi mesita de noche para descubrir que son más de las nueve de la mañana. Mi pequeño West ha cumplido dos años hace sólo unas semanas y de alguna manera ha adquirido el gusto de su padre por despertarse temprano.
Poniéndome bocarriba, estiro los brazos detrás de mi cabeza, rodando las muñecas en el proceso mientras bostezo. Me paso las manos por el pelo y trato de domarlo antes de levantarme. Con resolución, camino hacia la ventana y corro la cortina para dejar entrar la luz del sol.
A través del cristal puedo ver las amarillentas hojas de los árboles bailando con la suave brisa otoñal y a West inclinado sobre una pequeña pila de hojas secas en nuestro jardín frente a los ojos atentos y felices de su padre. Todavía me maravillo por la capacidad de Gideon para jugar con nuestro hijo y por la extraordinaria paciencia que posee.
Observo a West tomar una hoja seca en sus manitos antes de incorporarse con sus bracitos extendidos frente a él para mantener el equilibrio mientras camina hacia donde su padre se encuentra recostado contra el tronco de un árbol. Veo a Gideon reír con libertad, felizmente, inclinando su cabeza hacia atrás; e incluso aunque no puedo escucharlo sé que mi hijo se encuentra repitiendo sin cesar la palabra "papi".
West pronunció su primera palabra hace unas cuantas semanas. La palabra fue "mami", que debería haberme hecho feliz todo el día, salvo porque me entristecían tanto los progresos que iba haciendo mi pequeño que apenas pude forzar mi rostro a devolverle la sonrisa. Y cuando mis ojos se encontraron con los de mi marido, vi reflejado en los suyos los mismos sentimientos que se mostraban en los míos. Al parecer no era la única que sentía que el tiempo se escapaba por entre sus dedos como granos de arena.
Las noches no tienen horas suficientes para satisfacer mi necesidad de Gideon y los días no son lo bastante largos para poder disfrutar de la adoración que siento por mi hijo. Y ni hablar cuando sus abuelos maternos o su tío Aryeh, como Gideon y yo nos referimos a su mejor amigo a pesar del disgusto de los Silvestri, vienen de visita.
Veo a través de la ventana como West pierde el equilibro y cae sobre sus rodillas a escasos centímetros de su padre; pero antes de que Gideon o yo tengamos siquiera un segundo para preocuparnos, nuestro hijo vuelve a ponerse en pie. Sonriendo, Gideon se inclina y lo recoge en sus brazos, balanceándolo por todos lados y haciéndolo chillar con deleite. Alejándose de los árboles, se detiene, lo lanza al aire y luego lo atrapa. West se estremece con abandono infantil y yo exhalo un suspiro de alivio.
Me aparto de la ventana al ver a Gideon depositando a nuestro hijo sobre sus pies y me coloco rápidamente un pantalón de algodón y una camiseta antes de bajar a la cocina. Estoy descendiendo el último escalón cuando la puerta de entrada se abre y West camina dentro con su pequeña mano en la de su padre. Cada vez que los veo juntos, mi corazón se acelera y recuerdo lo afortunada que soy.