CAPÍTULO XLVI

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GAIA

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GAIA.

El dolor es lo primero.

Incluso antes de que mi cabeza pueda despejar la niebla lo suficiente como para que pueda abrir mis ojos, el dolor viene.

No hay palabras para describir la agonía de sentir como si un millón de cuchillos estuvieran perforando mi piel y rasgando mi carne, sólo para retirarse y empezar de nuevo. Una y otra vez, sin fin.

A pesar que la nieve debajo de mi cuerpo comienza a humedecer mi ropa y la gélida briza sopla a mi alrededor, trayendo consigo un deslumbrante surtido de olores que no deberían estar juntos en un sólo lugar, tengo calor. El aroma de la escarcha se mezcla con el olor acre del humo y el débil olor del combustible; pero debajo de todos ellos se puede percibir algo más, un olor penetrante de algo metálico y cobrizo.

Mis ojos se abren y respiro frenéticamente bocanadas de aire. Cada respiración hiere, quema, es trabajosa. Mis ojos ven las ramas desnudas de los árboles cubiertas de nieve y carámbanos que reflejan los magníficos tonos purpuras, melocotones y rosas del atardecer que parecen querer hipnotizarme para que no vea la devastación a mi alrededor.

Un silencio incrédulo flota en el aire y sólo el viento puede ser oído a excepción del irregular golpeteo de mi corazón y el extraño zumbido en mis oídos. El bosque a mi derecha está oscuro y silencioso, con pequeñas salpicaduras de colores brillantes destacando aquí y allá entre los grises y blancos como la enredadera trepadora que serpentea alrededor del tronco de un moribundo pino, con sus largas espinas marcando un extraño contraste con el árbol que está matando.

Estoy tan cansada, sólo quiero dormir hasta que esto ya no duela. Hasta que el zumbido en mis oídos cese y esta pesadilla se transforme en un hermoso sueño cuya cegadora luz borrará la fealdad que me rodea.

Con dificultad, giro mi rostro a la izquierda y siento como si todo sucediera en cámara lenta. Puedo ver los copos de nieve y las partículas de polvo a la deriva a través del aire. Puedo sentir el goteo de algo caliente, que ahora sé con certeza que es sangre, correr muy lentamente por mi cuello. Puedo sentir cómo paulatinamente el adormecimiento se hace cargo de mis piernas. Y, sobre todo, puedo sentir el pánico que se filtra en mi psique, apoderándose de mi alma y clavando sus dedos maliciosos en cada fibra de mi ser cuando registro al auto volcado al fondo del barranco en donde me encuentro.

Mis ojos exploran la imagen frente a mí en sólo cuestión de segundos, pero mi cerebro no puede procesar los cristales rotos, el auto volteado y el metal aplastado y arrugado como si se tratara de una simple pelota de papel. Ni siquiera es ya un automóvil, sino un esqueleto metálico.

Mi mente no entiende por qué mi brazo derecho, doblado en un ángulo extraño, no se mueve cuando intento empujar mi cuerpo a una posición erguida para poder examinar la carretera por algún signo de vida. Quiero gritar, pero mi boca no está funcionando. No puede formar las palabras.

TraiciónHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora