Gaia Vitali sólo tenía seis años cuando sus padres la abandonaron en el bosque. Esperaban que muriera y así deshacerse de ella, pero nunca pensaron que la mafia de Calgary la encontraría y salvaría su vida.
Han pasado dieciocho años y ella aún luch...
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GIDEON.
Con mi mano entrelazada con la de la mujer de mi vida, me detengo boquiabierto para admirar la construcción frente a mí.
—¡Oh, Dios mío! —jadea Gaia junto a mí—. Este sitio es... oh... Wow. Mira esto.
Y tengo que estar de acuerdo con ella y su escasez de palabras.
Allí, acurrucada en un pequeño claro del bosque a unos quinientos metros de la casa de Fern y Derek, hay una cabaña hecha con una perfecta combinación de piedra y madera que se camufla con su entorno de tal forma que casi parece una formación natural.
La inesperada lluvia de anoche se ha congelado y ahora el camino que conduce a la pintoresca puerta de madera en forma de arco se encuentra resbaladizo. Dándole un último apretón a mi mano, Gaia la deja ir y, con el viento agitándose a su alrededor, camina con un paso meticuloso a la vez hacia la entrada. Con el aliento entrecortado, camino lentamente detrás de ella, dispuesto a atraparla en caso de que sea necesario. Pero ella nunca resbala o parece vacilar siquiera un poco
Para cuando finalmente subimos los escalones del pórtico, su cabello negro se encuentra húmedo como consecuencia de la nieve que cae cada vez con más fuerza. Lo echa hacia atrás sobre su hombro con un suave movimiento de una de sus manos y aleja su mirada de la puerta doble de madera y cristal frente a nosotros para voltear a mirarme.
Sus ojos de color azul oscuro y marrón, tiernos y expresivos, me recuerdan las incontables noches de verano en que nos aproximábamos a la orilla del lago para contemplar el reflejo de las estrellas centellando en su superficie como luciérnagas plateadas nadando en las oscuras aguas.
—¿Estás listo para entrar? —pregunta con una sonrisa nerviosa bailando en sus labios luego de colocar la llave en la cerradura.
Ese pequeño gesto es todo lo que se necesita para que desaparezca la casa. Podríamos haber estado en cualquier otro lugar. Ya no reparo ni en los árboles a nuestro alrededor, ni los balcones a ambos lados del pórtico, ni la asombrosa vista del lago justo frente a la casa. Sólo veo a Gaia.
Asiento con la cabeza lentamente y luego, con un gesto de invitación, tiendo la mano hacia el pomo para que haga los honores e ingrese primera.
En cuanto empuja la puerta abierta, el calor y el aroma de los leños de cedro seco quemándose en la chimenea nos envuelve. Y sin que ella lo vea venir, deslizo mis brazos detrás de sus rodillas y la acuno en mis brazos antes de que pueda caer al suelo.
Jadea y me fulmina con la mirada, pero la beso profundamente para silenciar cualquier comentario sarcástico que pueda hacer.
—¿No es tradición llevar a tu nueva esposa a través del umbral? —pregunto jovialmente.
Inclina su cabeza hacia atrás y ríe.
—Aún no estamos casados —dice, pero envuelve sus manos alrededor de mi cuello de todas formas.