Gaia Vitali sólo tenía seis años cuando sus padres la abandonaron en el bosque. Esperaban que muriera y así deshacerse de ella, pero nunca pensaron que la mafia de Calgary la encontraría y salvaría su vida.
Han pasado dieciocho años y ella aún luch...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
GAIA.
Aún sigo en estado de shock cuando regresamos a nuestra casa y me recuesto sobre el sofá azul cobalto de la sala de estar.
—Bueno, eso no salió nada bien —escucho decir a Gideon desde el vestíbulo.
Me estremezco ante el recuerdo de sus padres sugiriendo que abortemos o abandonemos a nuestro bebé. El simple pensamiento de hacer cualquiera de esas dos atrocidades me asquea y tengo que obligarme a respirar profundamente para no vomitar.
—Iré a ducharme —susurro, pensando que tal vez el agua caliente pueda aliviar el dolor en mi corazón.
Pero antes de que siquiera logre ponerme en pie, Gideon desliza sus manos entre mi cuerpo y el sofá y me alza en brazos.
—Gideon... —protesto.
—Déjame cuidar de ti —me interrumpe.
La tristeza oculta detrás de sus palabras y en el gris de sus ojos me tiene asintiendo a la vez que deslizo mis brazos detrás de su cuello.
En silencio nos lleva hasta nuestro dormitorio y luego hacia el cuarto de baño, donde me deposita sobre mis pies y me voltea hasta que me encuentro de espaldas a él. Con lentitud, baja la cremallera de mi vestido de seda, haciendo que la prenda se deslice de mis hombros y caiga por mi cuerpo hasta convertirse en un charco de color púrpura a mis pies.
Gideon desliza sus brazos alrededor de mi cintura y coloca sus manos sobre mi abultado estómago. Estoy a punto de cumplir seis meses y mi prometido no podría estar más enamorado de mi barriga. Estoy emocionada también, y no es sólo por el brillo en sus ojos cada vez que la ve, sino que me siento increíble. Las náuseas se acabaron y de alguna manera parezco "brillar", aunque eso tal vez tiene que ver con la forma en que Gideon me mira y me hace el amor.
Desde hace un par de semanas Gideon comenzó a medir mi estómago con sus manos. No importa lo que yo esté haciendo, saliendo de la ducha, cepillándome los dientes o incluso cocinando nuestra cena, él viene hacia mí y su mirada brilla con orgullo mientras me ahueca con sus manos y me mide.
Mueve sus labios a través de mi espalda, colocando pequeños besos cada pocos centímetros, y luego se aparta de mí para abrir el grifo de la bañera de porcelana y colocar el tapón. Vierte en el agua un aceite de baño y se posiciona frente a mí, mirándome con ojos impenetrables. Con el seductor aroma a jazmín invadiendo el baño a medida que se llena la bañera y va formándose espuma, acaricio su rostro triste y me elevo sobre la punta de mis pies para besar sus labios. Desabrocho su camisa y se la quito para sentir la calidez de su piel bajo mis manos, gimiendo alrededor de sus labios al notar la primera chispa de su calor mezclado con el mío cuando mis manos se deslizan por su estómago y descienden lentamente por sus abdominales definidos.
Cuando me aparto para quitarle sus pantalones, levanto la vista y veo a Gideon observándome con expresión seria e intensa mientras sus dedos juegan con mi cabello.
—Lo lamento —dice suavemente, con el dolor sombreando sus preciosas facciones—. Lamento que hayas tenido que escuchar lo que mis padres dijeron.
—No tienes porqué disculparte —murmuro, deshaciéndome de nuestra ropa interior antes de colocar mis manos sobre su pecho—. Ambos sabíamos a lo que nos enfrentábamos.
—Yo sabía a lo que nos enfrentábamos, pero estoy seguro que tú aún tienes esperanzas de que mis padres cambien algún día —dice sin plantearlo como una pregunta—. No lo harán y es hora de que tú también lo aceptes.
—Es sólo que...
—La idea de tratar a nuestro hijo como ellos me tratan a mí te pone enferma. —Retrocede y cierra el grifo cuando la bañera ya se hubo llenado antes de volver junto a mí y ayudarme a entrar en ella—. Lo sé, cariño.
Se mete en la bañera detrás de mí, provocando que el agua suba de nivel cuando se sienta, y tira de mí para que me apoye en su pecho. Sus brazos se mueven para mojarme los pechos y hombros antes de colocar jabón en una esponja y deslizarla por mi cuello.
—No creo querer invitarlos a la boda —dice después de un rato, pasándome la esponja por un brazo.
—Pero son tus padres —susurro, girando mi cabeza un poco para que mi mejilla descanse sobre su pecho—. Y aunque no te esté recriminando nada, ya sabes que si no los quieres allí eso está bien conmigo, creo que luego te arrepentirás.
Siento como su pecho se hincha cuando inhala profundamente antes de asentir y besar la cima de mi cabeza.
—Tienes razón. —Besa mi cuello y desliza la esponja por mi vientre—. Pueden asistir como unos invitados adicionales, les concederé tanto reconocimiento como a Killian, Azai o Uzziel. Ninguno de ellos ha hecho nada para merecer formar parte de nuestro día especial.
—¿Y qué hay de mis padres? —pregunto, tratando de aligerar el ambiente un poco. Me muevo hacia delante y me volteo lentamente para acomodarme en el otro extremo de la bañera sin que el agua se derrame por los bordes hasta el suelo—. ¿Y Aryeh?
—Tus padres estarán sentados en primera fila —responde rápidamente, un poco más animado—. Y Aryeh estará de pie a mi lado.
Sonriendo, le quito la esponja de la mano y la coloco sobre el borde de la bañera antes de echarme un chorrito de jabón en la mano y acercarme a él. Me froto las manos para hacer una ligera capa de espuma, las coloco alrededor de su cuello y empiezo a extender el jabón por su nuca y hombros, masajeándolos con fuerza.
No puedo haber elegido a nadie mejor que Aryeh para posarse junto a él, es la única persona que estuvo feliz por nosotros desde el principio, sin contar a mis padres.
—No estoy seguro de a quién querrás que sea tu dama de honor —me dice, interrumpiendo mis erráticos pensamientos.
—No necesito a nadie, sólo a ti.
Me estremezco cuando desde lo más profundo de la garganta se le escapa un ronco gemido y, al bajar la vista, puedo ver su erección esperando por mí. No aparto los ojos de los suyos cuando me inclino y le rodeo el miembro con una mano, moviéndola arriba y abajo. Quiero darle placer y hacerle perder el control como él lo hace conmigo, hacerlo explotar en un millón de fragmentos.
Cierra los ojos un momento y contiene la respiración; y cuando vuelve a abrirlos, su mirada es de un gris abrasador. Flexiona ligeramente las caderas hacia mi mano y abre la boca a medida que su respiración se acelera. Pero antes de que pueda saborear el momento de hacerlo venir con sólo mis manos, Gideon me sujeta por la cintura y me sube a su regazo, derramando agua por todo el suelo.
Se echa hacia atrás y me mira con los ojos entrecerrados, brillantes y lascivos, a la vez que me hace descender lenta y deliciosamente sobre su miembro. Gimo, inclinándome hacia delante para descansar la frente en la suya y me aferro al borde de la bañera, subiendo y luego bajando con lentitud.
La imagen de Gideon observándome con la boca entreabierta, la respiración entrecortada, contenida, y la lengua entre los dientes es tan excitante que toma todo de mí autocontrol mantener mis balanceos lentos. Cerrando los ojos, me inclino y lo beso, subiendo las manos a su cabeza y acariciándole el cabello sin apartar mi boca de la suya.
El agua gira a nuestro alrededor, formando nuestro propio remolino a medida que nuestros movimientos se vuelven más frenéticos. Nos movemos al unísono, salpicando agua por todas partes, hasta que él me estrecha contra su cuerpo con sus brazos alrededor de mi cintura y el orgasmo nos alcanza.