Gaia Vitali sólo tenía seis años cuando sus padres la abandonaron en el bosque. Esperaban que muriera y así deshacerse de ella, pero nunca pensaron que la mafia de Calgary la encontraría y salvaría su vida.
Han pasado dieciocho años y ella aún luch...
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GAIA.
No es el estruendo del relámpago, el vibrar de las ventanas ni el viento que aúlla y golpea el lateral de la casa lo que me despierta a mitad de la noche. Es la respiración rápida y superficial del hombre acostado detrás de mí, frotando su erección contra mi trasero mientras su mano se cuela entre mis piernas, justo donde puede sentir lo húmeda y ansiosa que estoy por él. El gran pecho que admiro diariamente está alineado contra mi espalda, amoldado a ella, y la sensación de él grande y duro detrás de mí, más que listo para tomarme, es la cosa más increíble del mundo.
Estoy retorciéndome, moviendo las caderas ante la sensación detrás y frente a mí cuando finalmente desliza su mano dentro de mi ropa interior y me acaricia con un calloso dedo segundos antes de deslizarlo dentro de mí.
La rápida respiración de Gideon se convierte en un gemido ronco cuando estiro la mano hacia atrás a ciegas para meter la mano entre nuestros cuerpos. El deseo de sentir su piel cálida y sedosa hace que mis dedos tiemblen mientras rozo la punta resbaladiza de su gruesa erección, abriéndome camino sobre sus venas y crestas, hasta la raíz.
—Por favor —susurro cuando desliza otro dedo en mi interior, aunque la verdad es que no estoy muy segura de lo que estoy pidiendo. Sé que podría venirme así, sólo con sus dedos, porque definitivamente ya estoy cerca de hacerlo.
Entonces, sin preámbulos ni advertencias, quita sus dedos de mi interior. Y antes de que pueda protestar, respirar o pensar siquiera, me baja la ropa interior hasta las rodillas y se desliza dentro de mí con un gemido que retumba en su pecho y en el mío.
Con los relámpagos brillando afuera de la ventana de forma casi irreal, asemejándose más a una explosión nuclear que a un acto de la naturaleza, llevo mis rodillas a mi pecho tanto como puedo sin quitarme las bragas enredadas en mis piernas y permanezco de costado. Siento que voy a sollozar cuando se detiene lejos de penetrarme completamente y sale de nuevo. Me dan ganas de llorar por la pérdida, pero no lo hago porque no tengo tiempo antes de que se mueva nuevamente, esta vez yendo más profundo, dejando que me acostumbre a su tamaño antes de retirarse una vez más.
Continúa provocándome, llenándome un poco más cada vez y acercándome al borde hasta que estoy a punto de gritar. Con cada embestida gana impulso, totalmente dentro y fuera, bombeando las caderas y haciendo un sonido de golpes contra mi trasero. Cuando toca un punto en mi interior que me hace temblar de pies a cabeza, echo la cabeza hacia atrás en busca de sus labios.
El beso que debería haber comenzado lento, comienza como un incendio forestal. El primer contacto con su lengua me consume.
Me besa con urgencia y desesperación, como si mi aliento fuera el combustible del fuego en su interior, a la vez que gira sus caderas y me embiste con fuerza. Gimo en su boca y percibo su gruñido en forma de respuesta. Halo su cabello, tal vez un poco más fuerte de lo que pretendía, y el beso se vuelve voraz.