Gaia Vitali sólo tenía seis años cuando sus padres la abandonaron en el bosque. Esperaban que muriera y así deshacerse de ella, pero nunca pensaron que la mafia de Calgary la encontraría y salvaría su vida.
Han pasado dieciocho años y ella aún luch...
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GAIA.
Entrenamos dos veces al día, todos los días durante las siguientes dos semanas; y cuando Gideon creyó que ya estaba lista, dio por terminado los entrenamientos físicos para pasar a las armas.
El sol apenas termina de aparecer a través del horizonte cuando me detengo en el lugar dónde Gideon me citó. No puedo apartar la mirada del arma negra que sostiene apuntando al suelo mientras camina hacia mí.
—¿Está cargada? —le pregunto, arrancando mis ojos del arma para enfocarlos en los suyos.
—Siempre lo está —dice. Inclina su cabeza y posa sus labios sobre los míos brevemente antes de apartarse—. Buen día, nena.
—Buen día. —Sonrío.
Besa mi frente rápidamente y se incorpora, claramente listo para empezar con las prácticas. Con un leve movimiento de la muñeca, deja caer una pieza negra rectangular en la otra mano.
—Esto es el cargador. Y como ya sabes, ahí dentro van las balas.
Lo desliza en la parte inferior de la pistola y le da un ligero golpe con la base de su mano, haciendo encajar las dos piezas con un ruido metálico.
—Toma. —Me la pasa por el mango.
Se ve tan emocionado con esta idea como yo me siento. Pelear es una cosa, e incluso estoy contenta de saber usar los cuchillos y el arco.... ¿pero sostener un arma? ¿Usar una pistola? Ni siquiera puedo envolver mi cabeza alrededor de eso.
Pero no quiero ser protegida como una damisela en apuros. Nunca he sido buena en jugar ese papel y no planeo intentarlo ahora.
Nerviosamente, alargo la mano y tomo el arma que me ofrece. Me quedo mirándola en mi mano. Nunca en mi vida esperé sostener un arma y mucho menos disparar una. Se siente peligrosa para mí, como si con sólo tocarla pudiera lastimar a alguien. Es pesada y difícil de levantar lejos de mi cuerpo, pero quiero que esté lo más lejos de mi cara como sea posible.
—Es uno de los modelos más ligeros del mercado —comenta al verme mover la mano con el arma en ella, acostumbrándome a su peso. Se coloca a mi espalda y se pega a mí, alargando el brazo y estabilizándome la muñeca—. Quiero que dispares a ese árbol de ahí.
Sacudo los hombros y levanto la pistola. Apunto al centro del tronco con un ojo cerrado para afinar la puntería y frunzo los labios, concentrada.
—¿Sólo tengo que apretar el gatillo?
—No tan deprisa —me detiene, apoyando las manos en mis omóplatos—. Baja los hombros, relaja los brazos y aparta el pulgar del cierre trasero. No quieres que te atrape el dedo.
Asintiendo, me aseguro de apartar los pulgares, bajar los hombros y me obligo a relajar los brazos.