Gaia Vitali sólo tenía seis años cuando sus padres la abandonaron en el bosque. Esperaban que muriera y así deshacerse de ella, pero nunca pensaron que la mafia de Calgary la encontraría y salvaría su vida.
Han pasado dieciocho años y ella aún luch...
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GIDEON.
Nunca hemos hecho gran cosa por la Navidad en nuestra comunidad; de hecho, ninguno de nosotros tiene recuerdos de haber festejado una siquiera. Pero desde el nacimiento de West, Gaia y yo nos hemos asegurado de hacer que cada una de ellas sea memorable, tanto para nuestro hijo como para nosotros mismos.
Para su primera Navidad adquirimos nuestro propio árbol, un pino de dos metros de alto que Aryeh me había ayudado a llevar y colocar en la sala de estar siguiendo las indicaciones de mi esposa, quien se encontraba arrodillada entre un gran desorden compuesto por cajas esparcidas llenas de adornos y decoraciones navideñas mientras que nuestro hijo de dos meses dormía plácidamente en los brazos de su abuela materna. Cuando West cumplió un año, al inmenso árbol adornado de rojo y dorado se le sumó la corona sobre la chimenea además de tres medias colgantes deletreando las primeras letras de cada uno de nuestros nombres. Dorado para Gaia, verde para West y plateado para mí.
Y es por esa razón que el día de hoy, 21 de diciembre, me encuentro despidiéndome de mi hermosa esposa y nuestro hijo de tres años mientras que mi mejor amigo me espera en el coche.
—Adiós, cariño —dice ella con voz queda, casi como si le costara despedirse a pesar de que nos veremos dentro de tres días.
Detestando verla así de afectada, coloco mis manos sobre su cintura y me inclino para besar sus dulces labios en un adiós silencioso. Su boca se funde bajo la mía y sus brazos suben para abrazarme fuertemente contra su aromática suavidad.
Cuando me aparto, ella coloca sus manos sobre mis mejillas y, con sus ojos sosteniendo los míos, dice suavemente—: Te amo.
—¡Papi!
West se acerca corriendo a la entrada, derribando una pila de papeles a su paso, antes de que yo pueda pronunciar las mismas palabras a mi esposa.
Sosteniendo las manos de Gaia, las alejo de mi rostro y me arrodillo para que así mi hijo pueda correr a mis brazos.
—¡Adiós, papi! —chilla, corriendo hacia mí con el acelerador a fondo vestido con el pijama de cohetes espaciales que Fern y Derek le regalaron para su tercer cumpleaños hace sólo dos meses.
Cuando llega, lo tomo en mis brazos, besándolo y haciéndole cosquillas hasta que ríe.
—Adiós, campeón. —Beso su frente antes de entregárselo a Gaia—. Pórtate bien y cuida a mami por mí, ¿de acuerdo?
Él asiente con una sonrisa en su rostro, una que no ha cambiado desde que era un bebé, antes de descansar su cabeza sobre el hombro de su madre.
Devolviéndole la sonrisa, beso su frente una vez más antes de besar los labios de Gaia.
—Te amo —susurro—. Con todo mi corazón y toda mi alma.
El fantasma de una sonrisa juega alrededor de sus labios y sus cautivadores ojos heterocromáticos, enmarcados por esas increíblemente largas pestañas, se iluminan. Y con esa imagen en mi mente, me volteo y camino hacia el coche para emprender el viaje en busca de nuestros regalos navideños.