CAPÍTULO XXIX

650 88 58
                                        

GIDEON

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

GIDEON.

Hemos salido del consultorio del doctor hace aproximadamente dos horas y Gaia ha estado en silencio desde entonces. Quise preguntarle qué estaba pasando, saber qué estaba sucediendo en su mente, pero presentí que no me lo diría.

En cuanto regresamos a nuestra casa y ella subió a nuestra habitación para encerrarse en el cuarto de baño mientras yo todavía estaba bajando del coche supe que no debía esperar hasta que revele sus pensamientos en su propio tiempo.

—Gaia. —Llamo a la puerta del baño cuando pasan otros quince minutos—. Nena, ¿te encuentras bien? Si el doctor te dijo que hay algo mal podemos encontrarle una solución, ¿de acuerdo? Sólo... —Respiro profundamente y recargo mi cabeza contra la puerta cerrada que nos separa—. Dime algo, por favor.

Puedo escuchar movimiento del otro lado de la puerta y un suave arrastrar de pies antes que esta se abra. Sus ojos enrojecidos e hinchados, al igual que la nariz, me ponen en estado de alerta en sólo un segundo.

—Nena, ¿qué está mal? —Envuelvo mis brazos alrededor de su cintura y la acerco a mi cuerpo.

Pero ella niega y retrocede un paso antes de sujetar mi mano en la suya más pequeña. Camina delante de mí hasta nuestra cama y se sienta a los pies de esta.

—Hay algo que tengo que decirte —susurra con voz trémula, mirando a todas partes de la habitación antes de finalmente encontrarse con mis ojos. Está muy pálida; nunca la había visto tan pálida.

—Cariño, ¿qué está mal? —repito, sentándome junto a ella y sujetando su mano entre las mías cuando la veo jugar nerviosamente con su anillo de compromiso.

—Estoy embarazada —suelta, con sus ojos llorosos clavados en los míos.

Me quedo sin aliento.

Las palabras que flotan fuera de su boca mueren en el repentino silencio de la habitación.

Por un segundo creo haberla escuchado mal. Pero entonces las palabras finalmente hacen su camino hasta mi cerebro y su significado me aplasta con la fuerza de una ola.

Me balanceo al borde de un peligroso precipicio, a punto de perder el equilibrio, buscando desesperadamente las palabras para responder ante aquella revelación. Pero tengo la mente en blanco.

Puedo sentir que su inquietud va en aumento ante la falta de una respuesta por mi parte, por lo que me aclaro la garganta y me obligo a decir lo primero que me viene a la mente.

—¿Estás embarazada? —pregunto en voz baja y ronca, porque por supuesto todo lo que soy capaz de hacer es repetir sus palabras—. ¿Qué tan avanzado está?

—Acabo de llegar a la semana quince —dice con voz temblorosa.

—Pero, ¿cómo? —Mi voz sale teñida de dolorosa incredulidad. Cuando veo que alza las cejas, niego y me explico—: Creí que estabas tomando las píldoras.

TraiciónHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora