Gaia Vitali sólo tenía seis años cuando sus padres la abandonaron en el bosque. Esperaban que muriera y así deshacerse de ella, pero nunca pensaron que la mafia de Calgary la encontraría y salvaría su vida.
Han pasado dieciocho años y ella aún luch...
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GAIA.
Antes de que pueda abrir los ojos completamente, mis pies están en el suelo y me encuentro corriendo desnuda hacia el cuarto de baño con la mano presionada contra mi boca.
Cayendo sobre mis rodillas frente al retrete, agarro el asiento de porcelana con ambas mano y comienzo a vomitar todo el contenido de mi estómago hasta que nada más que nauseas sacuden mi cuerpo.
Un frío paño es presionado contra mi frente cuando Gideon se arrodilla junto a mí.
—¿Tuviste la pesadilla otra vez? —pregunta, su voz sonando muy tensa y preocupada.
La pesadilla, así es como nos referimos a ese sueño que me ha torturado mentalmente la última semana y media, en donde asesino a mi indefenso y amarrado prometido. Gideon jamás se enteró del contenido del sueño, pero es lo suficientemente inteligente como para no perturbarme más con sus preguntas.
—No —replico con voz entrecortada—. Creo que hay algo mal.
Me incorporo una vez estoy segura que no voy a volver a vomitar y tiro de la cadena. Gimiendo, lucho para levantarme y poder lavarme la boca. Gideon, al ver mis esfuerzos, me ayuda cariñosamente.
Coloca una de sus manos sobre mi frente para medirme la temperatura y la aleja a los pocos segundos.
—No tienes fiebre —dice lentamente—. Pero de todas formas voy a llevarte a un médico.
—Primero me gustaría ducharme —admito con voz queda.
Asiente y coloca un casto beso sobre la cima de mi cabeza antes de volver hacia nuestra habitación y cerrar la puerta detrás de sí.
Me lleva un par de inhalaciones profundas recuperarme completamente antes de acercarme al espejo que cuelga sobre la larga encimera del baño. Tengo el aspecto de alguien que se ha pasado toda la noche dando vueltas en la cama. Busco mi cepillo y lo hundo con rudeza en las marañas que tengo en la parte posterior del cuello hasta que las desenredo y las cerdas quedan llenas de pelo. Me cepillo también los dientes de forma meticulosa, dos veces, antes de saltar a la ducha.
El agua caliente me relaja. Pero cuando me volteo para tomar el champú y veo mi reflejo en el espejo, el envase se desliza de mis manos y aterriza en el suelo con un ruido sordo.
Giro el torso hacia delante y detrás para poder examinarlo desde diferentes ángulos, como si el pequeño pero definido bulto sobresaliendo entre mis caderas fuera a desaparecer con la iluminación adecuada. Recorro aquel pequeño bulto casi imperceptible con los dedos, sorprendida por lo duro que se siente bajo la piel.
—Imposible —susurro, sintiendo cómo la sangre se drena de mi rostro.
¿Cómo ha podido pasar? Sé que he estado follando como una coneja sin ningún tipo de protección, ¿pero no se supone que las píldoras anticonceptivas son para evitar justamente esto?