Gaia Vitali sólo tenía seis años cuando sus padres la abandonaron en el bosque. Esperaban que muriera y así deshacerse de ella, pero nunca pensaron que la mafia de Calgary la encontraría y salvaría su vida.
Han pasado dieciocho años y ella aún luch...
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GAIA.
Estúpido invierno, estúpida nieve y estúpida gripe.
He convivido con nevadas rigurosas durante toda mi vida y aun así siempre me he enfermado, pero este año parece ser el peor hasta la fecha. Aunque gracias a un milagro la fiebre desapareció el día de ayer, aún sigo sin poder respirar por la nariz, sueno como un hombre, mi cara se siente como que va a romperse en cualquier segundo de estar tan congestionada y los ojos me lloran tanto que parece que estoy constantemente cortando cebollas.
En conclusión, no soy nada sexy. Y me alegra que Gideon no esté cerca para presenciar esto.
Arrojando la última caja vacía de Kleenex al cesto de basura improvisado en mi habitación, camino al cuarto de baño para tomar un rollo de papel sanitario que llevo al dormitorio conmigo. Quito el cobertor de mi cama y me cubro los hombros con él mientras me acurruco en el asiento de mi ventana, escuchando al viento aullar en el exterior y viéndolo recoger la nieve y arrastrarla en remolinos hasta pegarla en el cristal de mi ventana. Ojalá parase de nevar de una vez.
Un golpe en la puerta de mi habitación me sorprende y me vuelvo para ver la perilla girar lentamente. Veo cómo la puerta se abre y el rostro de papá aparece a la vista.
—¿Estás bien, hija? —pregunta, con sus ojos oscuros haciéndose pequeños.
Niego y tiro de la manta sobre mis brazos, metiéndola debajo de mi barbilla antes de apoyar la cabeza contra el lateral de la estantería.
—Ugh.
—Voy a tomar eso como un no —murmura, sentándose en el borde de mi cama y reprimiendo una sonrisa al ver el rollo de papel sanitario que llevo conmigo—. ¿Aún tienes fiebre?
Quiero decirle que sólo me encuentro con una horrible congestión, pero en ese momento me asalta una cadena de estornudos.
—¿Sólo cuatro estornudos? Sé que puedes hacerlo mejor que eso, pequeña. —Papá sonríe suavemente y se levanta—. Deja que te encuentre algo para tomar.
Y dicho eso, abandona mi habitación cerrando la puerta detrás de él.
Me quedo allí sentada el tiempo suficiente para escucharlo descender las escaleras hacia la cocina antes de ponerme en pie y caminar una vez más dentro del baño. Buscando dentro del botiquín, agarro la botella de plástico verde y tomo un buen trago antes de regresar al asiento de la ventana.
Papá entra unos minutos más tarde y me tiende una humeante taza de té.
—Tu madre me ha pedido que te diga que bebas esto y te recuestes por otro par de horas... ¿Qué hay en tu mano?