Gaia Vitali sólo tenía seis años cuando sus padres la abandonaron en el bosque. Esperaban que muriera y así deshacerse de ella, pero nunca pensaron que la mafia de Calgary la encontraría y salvaría su vida.
Han pasado dieciocho años y ella aún luch...
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GAIA.
La casa está silenciosa y por un momento me pregunto si somos los únicos que nos encontramos en ella, pero al llegar al piso inferior y adentrarme a la cocina con Gideon caminando detrás de mí descubro que ese no es el caso. Mi madre, aún vistiendo su pijama y su cabello recogido hacia atrás, está terminando de hacer el desayuno.
—Vaya, mira quiénes finalmente se han levantado —dice en tono alegre, mirándonos por encima de su hombro—. Creí que dormirían hasta la hora del almuerzo.
Pongo los ojos en blanco y paso junto a ella, caminando hacia la cafetera que está en una esquina de la encimera de granito oscuro para servirle una taza a Gideon antes de tomar asiento a su derecha.
Mamá toma con cuidado una bandeja llena de waffles y tocino, mantequilla, jarabe casero, crema batida fresca y frutas jugosas cortadas en rodajas para colocarla sobre la mesa adornada con un florero de cristal lleno de diferentes flores blancas, amarillas y anaranjadas que curiosamente parecen sacadas del pequeño invernadero en nuestro patio trasero.
—Entonces.... —Reparte el desayuno con una sonrisa descarada curvando sus labios. Luego toma asiento en su silla habitual, descansando los codos sobre la mesa y su mentón sobre sus manos entrelazadas—. ¿Ya han tenido relaciones sexuales?
Mis ojos se abren y siento el caliente sonrojo subir por mis mejillas al mismo tiempo que Gideon se ahoga con su bebida y comienza a toser descontroladamente.
—No sé cómo eso puede ser un tema de discusión en el desayuno, mamá —digo, moviéndome nerviosamente en mi silla.
—Tomaré eso como un sí. —Sus ojos brillan divertidos.
Dejo escapar un gruñido de frustración en el momento exacto en que mi padre ingresa en la cocina. Besa la cima de mi cabeza y la frente de su mujer antes de tomar asiento en el extremo de la mesa.
—¿Ya estás listo, hijo? —pregunta, poniendo al menos cuatro waffles en su plato y adornándolos con crema batida, arándanos y frambuesas.
Trato de enfocar cada pedazo de mi atención en los alimentos dispuestos frente a mí, pero eso no impide que mi estómago se transforme en un bloque de plomo cuando Gideon dice—: Sí, señor.
Levanto la mirada de mi comida, que ha perdido su sabor, con mi boca llenándose de ceniza y mi lengua sintiéndose pesada.
—¿A qué hora debes irte? —De algún modo me las arreglo para preguntar.
Gideon comparte una mirada con mi padre, casi como si se comunicaran telepáticamente, antes de voltear a verme.
—En veinte minutos —masculla, como si las palabras le causaran dolor.
La sangre se aproxima a mi cabeza, rugiendo en mis oídos. Trago y desvío la mirada hacia los rostros de mis padres para descubrir que ambos se encuentran observándome, midiendo mi reacción atentamente.