Gaia Vitali sólo tenía seis años cuando sus padres la abandonaron en el bosque. Esperaban que muriera y así deshacerse de ella, pero nunca pensaron que la mafia de Calgary la encontraría y salvaría su vida.
Han pasado dieciocho años y ella aún luch...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
GAIA.
Mi piel está bañada en el aroma de Gideon, masculino y fragante, y entre mis piernas él todavía vive, todavía palpita con la misma pasión incontenible que desató sobre mí la noche anterior hasta que todo mi cuerpo tembló y mi voz se volvió ronca con mis gritos. Hasta que la luz y el color explotaron dentro de mis venas y encendieron cada nervio de mi cuerpo.
Con las sábanas enrolladas alrededor de mis piernas, reflexivamente extiendo una mano a mi lado, esperando sentir su cuerpo duro, caliente y masculino. Pero no se encuentra ahí.
Abro los ojos y descubro porqué puedo sentir su proximidad, pero no su cuerpo. Gideon está sentado a oscuras en la cama con su espalda hacia mí. Desde donde me encuentro recostada puedo ver que tiene sus codos sobre sus rodillas y su cabeza entre sus manos mientras sus labios se mueven al murmurar palabras inteligibles.
—¿Gideon? —pregunto suavemente, incorporándome y llevando la sábana conmigo para mantener mi pecho cubierto.
—No quise despertarte —dice, con voz inquietantemente baja, sin siquiera voltearse.
—Cariño, ¿qué sucede?
Finalmente se gira para mirarme, sus brillantes ojos plateados atraviesan la oscuridad.
—No puedo ser padre —susurra. Y aunque trata de ocultar el dolor y la desesperación en sus ojos, puedo verlos. Tanta agonía fluye en ellos que creo que podrían estallar como represas.
Todo en mi mundo se detiene. Literalmente, se detiene.
No puedo respirar, no puedo pensar, mi visión es borrosa y mi corazón late con tanta fuerza que mi pecho duele.
—Es un poco tarde para eso, ¿no crees? —jadeo, sintiendo como el color abandona mi rostro.
Sus ojos se quedan entrelazados con los míos por un largo momento y después sus pestañas se deslizan hacia abajo en un lento parpadeo.
Estoy a punto de preguntarle qué hizo que cambie de parecer con respecto de cinco semanas atrás cuando se enteró que estaba embarazada, pero antes siquiera de que pueda abrir mi boca él me lo dice por su cuenta.
—No puedo ser un buen padre, no he tenido a nadie de quién aprender. Demonios, ninguno de los dos tuvo una familia normal —declara con la voz rota, bajando la mirada a sus puños apoyados sobre sus rodillas—. Quiero ser un buen padre, del tipo que el mío nunca se interesó en ser.
Levanta sus nublados ojos a los míos y mi estómago se retuerce tan fuerte al ver sus lágrimas como el corazón lo hace en mi pecho. Creo que rocas han reemplazado mis pulmones, porque no puedo respirar.
Y si ya se me partía el corazón por él antes, con sus próximas palabras acaba de rompérseme en mil pedazos.
»Pero, ¿qué sucede si no puedo serlo? ¿Si ser un mal padre está en mi ADN como mis ojos grises o mi cabello rubio?