CAPÍTULO XLV

464 67 31
                                        

GIDEON

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

GIDEON.

—¿Estás realmente lista? —pregunto nerviosamente, viendo a Gaia acomodar a West en su asiento de seguridad en la parte trasera de nuestro coche.

—Ya deja de preocuparte. —Cierra la puerta y me mira por sobre el techo de nuestro auto con una suave sonrisa en sus labios—. Me has estado haciendo la misma pregunta desde que nos levantamos esta mañana. Sí, estoy lista.

Asiento y abro la puerta para deslizarme dentro el coche. Una vez ella se encuentra en el asiento del copiloto y las puertas con seguro, giro la llave del encendido.

—Entonces es tiempo de que conozcas nuestro nuevo hogar. —Miro a su rostro brevemente antes de pisar el acelerador y conducir el coche fuera de nuestro camino de entrada.

Sólo pasan unos minutos cuando finalmente se acomoda en su asiento para poder ver mejor el paisaje nevado fuera de la ventanilla. Su cabello negro recogido en una coleta, como lo lleva la mayor parte del tiempo desde que nuestro hijo nació, me permite ver cómo sus característicos ojos se mueven con velocidad para contemplar nuestro alrededor a medida que nos alejamos de nuestra antigua casa.

Me veo incapaz de alejar mi mirada de mi esposa. Una vez más, ella es el eclipse que captura mi atención. Esta fascinante y hermosa mujer me tiene dando gracias a los cielos todos los días de los últimos tres años y medio por tenerla en mi vida.

—Puedo sentirte mirándome —dice divertida, volteando su rostro para mirarme.

—No es mi culpa que seas tan asombrosamente hermosa —digo con completa honestidad, colocando una mano sobre su muslo y devolviendo mis ojos a la carretera frente a nosotros.

Puedo ver cómo una engreída sonrisa se extiende en su rostro mientras entrelaza su mano con la mía. Y sin importar cuánto lo intente, de alguna forma mi mirada siempre termina regresando a ella, no importa cuántas veces mire a través del parabrisas, mi ventanilla o incluso el espejo retrovisor.

Y mientras lo minutos siguen pasando, yo sigo preguntándome por qué ella se ve tan diferente esta tarde. Sólo cuando ya hemos cumplido la mitad del recorrido es cuando me doy cuenta del motivo. Está complemente nerviosa.

Jamás, en los casi veintidós años que nos conocemos, he visto a Gaia alterada hasta el punto en que su pierna se balancea de arriba abajo a un ritmo casi frenético.

Su piel parece estar aun más pálida que de costumbre y sus ojos azules, enmarcados por las pestañas más largas que jamás he visto, lucen enormes mientras se pierden en el paisaje más allá de su ventanilla. En algún momento del camino desentrelazó nuestros dedos para comenzar a jugar con su anillo de compromiso en un intento de liberar tensiones.

—¿Estás nerviosa? —pregunto amablemente, aunque ya conozco la respuesta.

—Sí —responde con suavidad.

El cosquilleo inunda mi pecho mientras miro su rostro a mitad de las sombras. Nuestras miradas se encuentran y la embriagadora fuente de calor se expande por mi cuerpo.

—Yo también —digo con complicidad, tamborileando mis dedos sobre el volante.

—Tú no tienes por qué estarlo —indica, asegurándose de mantener el nerviosismo fuera de su voz y sus ojos cuando voltea a verme—. Tú ya conoces la casa.

—Lo hago y es absolutamente hermosa. —Aparto la mirada de la carretera para poder clavar mis ojos en los suyos—. Sé que te encantará, así que intenta relajarte.

Asiente con la cabeza lentamente y hace un pequeño encogimiento de hombros.

—Lo intentaré —miente, volteando su rostro para enfrentarse nuevamente a su ventanilla.

Sonrío al darme cuenta de su pequeña mentira, ni siquiera es capaz de mirarme.

Le doy un ligero apretón a su muslo antes de remover mi mano y encender el estéreo. Echo un vistazo al espejo retrovisor para ver a nuestro hijo dormido en su sillita de seguridad, pero un solitario coche oscuro con cristales tintados detrás de nosotros me llama la atención.

En estado de alerta, tomo varias respiraciones profundas y aprieto el volante hasta que mis nudillos se tornan blancos mientras me permito aumentar la velocidad. Compruebo el espejo retrovisor una vez más y veo que el conductor del coche detrás de nosotros hace exactamente lo mismo.

Al mirar a Gaia, descubro que se encuentra completamente ajena al hecho de que estamos siendo perseguidos, con sus ojos cerrados y su cabeza recostada contra el cristal de la ventana mientras tararea la canción que suena en el estéreo. Entrecierro los ojos sobre el espejo retrovisor para intentar ver a través del parabrisas tintado quién está conduciendo, pero no veo nada.

Tomo un profundo aliento, tratando de mantener mi pulso bajo control y estabilizar mi mente. Tengo que mantener a mi familia a salvo.

Sujeto el volante y echo un último vistazo en mi espejo retrovisor antes de aumentar aún más la velocidad. El coche es tan silencioso y fácil de manejar que es difícil creer que estamos yendo a casi ciento ochenta kilómetros por hora en una carretera resbaladiza.

—¿Gideon? —pregunta Gaia alarmada—. ¿Puedes reducir un poco la velocidad?

—Lo siento, nena —respondo calmadamente sin quitar mis ojos de la carretera—. No quiero que entres en pánico, pero estamos siendo seguidos.

Tan pronto la última palabra abandona mis labios, Gaia se endereza en su asiento como si su espina dorsal hubiera sido reemplazada con un resorte.

—¿Cómo sabes que...

De repente hay un gran estruendo y nuestro coche se sacude alocadamente, desviándose ligeramente del camino.

—¡Mierda! —bramo, intentando estabilizarnos.

Entonces escucho la suave y asustada voz de West y mis ojos se llenan de lágrimas cuando pregunta—: Papi, ¿qué está pasando?

Los ojos de Gaia se encuentran con los míos. Su expresión refleja el pánico que siento en mi pecho.

—Nada cariño. —Gaia se desabrocha su cinturón y se voltea para poder sujetar el rostro de nuestro hijo entre sus manos—. Es sólo que el coche de atrás está teniendo problemas con el hielo en la carretera y accidentalmente nos ha golpeado. Todo está bien.

La respuesta de nuestro hijo no alcanza mis oídos cuando nuestro coche es golpeado de nuevo. Esta vez el cristal estalla a nuestro alrededor para llover como gotas sobre nuestras cabezas, cortándonos como pequeñas dagas. La barrera de sonido colapsa mientras giramos fuera de control hacia el barranco y los enmudecidos gritos de Gaia y West se mezclan con los crujidos del acero contra el pavimento.

Es mi pesadilla volviéndose realidad.

El tiempo parece ralentizarse mientras el olor a sangre y caucho ardiendo impregnan mis fosas nasales.

Me imagino que eso es lo que ocurre cuando estás a punto de morir.

TraiciónHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora