Gaia Vitali sólo tenía seis años cuando sus padres la abandonaron en el bosque. Esperaban que muriera y así deshacerse de ella, pero nunca pensaron que la mafia de Calgary la encontraría y salvaría su vida.
Han pasado dieciocho años y ella aún luch...
Lo siento. Lo siento... Me he olvidado de adjuntar en el capítulo anterior la foto del hermoso anillo que *nuestro* Gideon adquirió para Gaia, y eso que he pasado horas diseñándolo 😅 Sólo quería compartirles esta belleza, ahora les dejo disfrutar de este nuevo capítulo en paz. ¡Disfruten!
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GAIA.
El sol, cálido sobre la piel desnuda de mi espalda, me despierta por la mañana. Es muy tarde, quizás pasa del mediodía, aunque no puedo estar segura. Pero aparte de la hora, todo lo demás está totalmente claro.
Con mis ojos todavía cerrados, sonrío.
Me encuentro completamente cómoda, incluso con el sol brillando sobre mí. Estoy tumbada, con mi cabeza descansando en el pecho de mi prometido, mi pierna enredada con las suyas y mi brazo sobre su estómago; y a pesar que sus brazos se ciñen apretadamente a mi alrededor me siento muy a gusto.
Sus dedos recorren suavemente el contorno de mi columna y sé que se ha dado cuenta de que me encuentro despierta. Mantengo los ojos cerrados y aprieto mi brazo en torno a su cintura para acercarme todavía más a él.
Cuando presiona un beso contra mi frente, abro los ojos.
La belleza angelical de Gideon nunca dejará de robarme la respiración. En el tiempo que estuvimos separados, su cabello ha crecido un poco en la parte de atrás y en su frente; e incluso en las pocas ocasiones en las que lo he visto con una expresión sombría como la que luce ahora es fácilmente la criatura más atractiva que he visto.
Nos miramos el uno al otro por un par de segundos, bañados en la gloriosa luz dorada. Nuestras miradas se funden y dicen más de lo que las palabras jamás podrían expresar. Cuando en su rostro aparece esa sonrisa de infarto, la sangre en mis venas se calienta hasta que siento como si ríos de lava fundida la hubieran reemplazado.
Esa sonrisa es mía, apostaría que nadie ha hecho sonreír de esa manera a Gideon Silvestri en mucho, mucho tiempo. Me siento avara y posesiva con aquella hermosa sonrisa.
—¿Qué? —pregunta suavemente.
Le sonrío de vuelta y sacudo la cabeza, deseando que este momento dure para siempre.
—Nada —susurro—. Simplemente estoy feliz.
Sin decir nada, se inclina hacia adelante y presiona su frente contra la mía. Sus labios quedan a sólo una pulgada de los míos. Podría acariciarlos por accidente. Podría deslizar mi lengua sobre mis dientes y probarlo sin siquiera intentarlo.
Alisa mi cabello por la espalda y mete un mechón rebelde detrás de mí oreja, sus ojos diciéndome todo lo que sus labios no pronuncian. Nos comunicamos sin palabras, sin hablar ni una sola vez mientras sus dedos continúan deslizándose arriba y abajo por mi espalda, apenas rozándola para trazar delicados dibujos sobre mi piel.