Gaia Vitali sólo tenía seis años cuando sus padres la abandonaron en el bosque. Esperaban que muriera y así deshacerse de ella, pero nunca pensaron que la mafia de Calgary la encontraría y salvaría su vida.
Han pasado dieciocho años y ella aún luch...
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GIDEON.
En cuanto regresamos de Edmonton, le devuelvo a Gaia las llaves de su coche y me despido de ella frente a su casa con un beso en sus suaves y carnosos labios. La observo subir los escalones que conducen a la entrada principal y espero a que cierre la puerta detrás de ella antes de dirigirme al coche de Zev para poder irnos a nuestra casa. Pero antes que pueda hacerlo escucho que la puerta de madera se vuelve a abrir y Derek grita mi nombre.
—Gideon, que suerte que aún no se han ido. —Anuda fuertemente el lazo de su bata y baja los escalones cubiertos de nieve hasta pararse frente a mí.
Zev, al ver que me estoy demorando en subir a su coche, baja la ventanilla del lado del pasajero y se inclina sobre el asiento para asomarse por la abertura.
—Don —dice con un asentimiento.
—Tenemos reunión a primera hora de la mañana. —Nuestro jefe deja sus palabras colgando en el aire, por lo que espero a que se explique un poco más. Jamás lo hace, sin embargo. Cruza los brazos sobre su pecho y nos mira alternativamente con sus ojos estrechos—. ¿Estarán allí?
—Por supuesto —digo, aunque sus palabras sonaron más como una orden que una pregunta. Entonces abro la puerta del coche para poder dirigirnos a nuestra casa.
Apenas recuerdo haber entrado a mi habitación, guardado las armas y desvestirme antes de caer exhausto sobre el colchón usando sólo mi ropa interior. Todo lo que sé es que cuando me despierto, mi cabeza palpita y el cielo tiene ese tinte azul característico del crepúsculo astronómico.
Mierda. Será mejor que no me haya perdido la reunión.
Después de arrastrar mi trasero fuera de la cama, cepillarme los dientes y darme una muy necesaria ducha, abandono mi habitación y me adentro a la silenciosa sala de estar, donde el sonido más alto es el tictac del reloj de mi difunto abuelo en una esquina.
Arriesgo un vistazo a la antigua reliquia y descubro que faltan sólo ocho minutos para que la reunión comience, por lo que corro hacia mi habitación y tomo la primera chaqueta en la que aterrizan mis ojos antes de salir a toda velocidad por la puerta principal en dirección a la casa de los Vitali.
Con mi aliento escapándose en una nube helada de condensación, subo los tres escalones cubiertos de nieve que me alejan de la entrada principal y llamo a esta con mis nudillos. Apenas pasan unos segundos cuando la puerta de madera se abre y mis ojos se encuentran con los avellana de Fern brillando detrás de sus gafas de montura negra.
—Gideon. —Sonríe y se hace a un lado para dejarme entrar—. Buenos días.
—Buenos días, Sra. Vitali —saludo, sacudiéndome la nieve del pelo antes de adentrarme a la sala calefaccionada. Percibo el característico aroma del cedro quemándose en la chimenea aun a pesar de que esta se encuentre sellada con el vidrio cerámico.