CAPÍTULO XV

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GIDEON

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GIDEON.

—No creo que esto sea una buena idea —dice Gaia llena de dudas—. Podría lastimarme, o a ti. —Hace una mueca, mirando del hielo a las cuchillas de metal de los patines que lleva en las manos y comenzando a entrar en pánico.

—No te preocupes, estaré junto a ti en todo momento.

Me río de su aterrada y desconfiada expresión y me siento en el banco junto a ella para poder cambiarme el calzado. Gaia me mira con escepticismo, pero luego cede y se quita sus botas para ponerse cuidadosamente los patines.

Beso la punta rosada de su nariz y me pongo en pie frente a ella.

—Está bien, dame tus manos.

Le tiendo las mías para ayudarla a incorporarse y ella lentamente las sujeta antes de levantarse. Sus tobillos se tambalean por todo el lugar mientras nos movemos lentamente hacia el lago congelado. No puedo contener la risa cuando sus manos aprietan fuertemente las mías en cuanto finalmente nos paramos sobre el hielo y sus pies comienzan a separarse.

—Esto no es gracioso, Gideon. Parezco Bambi —espeta en voz baja, cada vez más indignada con ella misma—. Será mejor que no me sueltes.

—No te preocupes, nena. Ya te dije que nunca te dejaré ir —le repito, patinando hacia atrás y sosteniendo sus manos entre nuestros cuerpos—. Estás doblando los tobillos ligeramente. Trata de mantenerlos de forma recta, por eso no tienes ningún control —señalo mirando sus pies.

Inmediatamente Gaia se pone rígida y trastabilla. La atrapo y la halo hacia mí antes que tenga la oportunidad de caer al hielo. Excepto que el brusco movimiento provoca que su pecho se estrelle contra el mío y nos envía a ambos al suelo.

Nos quedamos así por un segundo, sin movernos ni decir nada debido a la conmoción. Entonces me río debajo de ella y espero a que se siente en el hielo a mi lado antes de ponerme en pie y ayudarla a levantarse.

—¿Te has hecho daño? —pregunto, sin poder disimular mi tono preocupado.

—No, estoy bien. —Sujeta mis manos y la pongo en pie con facilidad. Envuelvo su cintura con mis brazos y ella coloca las palmas de sus manos sobre mi pecho—. Te interpusiste en mi caída.

—Mejor que sea yo que tú.

Gaia tiembla y sus dientes castañean cuando una ráfaga de aire gélido sopla a nuestro alrededor. A pesar de tener la nariz roja y las mejillas rosadas, nunca la he visto lucir más bella. Un gorro de lana roja abraza su cabeza, evitando que la nieve húmeda empape su cabello oscuro. Incluso con el abrigo inmenso y la bufanda sigue siendo la mujer más sexy del mundo. Estoy completamente enamorado de ella y se lo demuestro inclinándome para besar sus fríos labios.

Ella gime en mi boca antes de retroceder, con sus dedos extendidos sobre mis mejillas ahora acaloradas. Acomodo un mechón de pelo que se zafó de su gorro de lana detrás de su oreja y le doy una patada a sus patines con suavidad, empujándolos para juntarlos.

TraiciónHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora