CAPÍTULO XLI

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GAIA

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GAIA.

Cuando una mujer está embarazada los días parecen transcurrir lentamente, pero es increíble cómo pasan volando una vez el bebé nace. West ya lleva seis meses en nuestra casa; y mientras que es un bebé carismático y activo de día al que es imposible no amar, por las noches sus sueños interrumpidos y llantos penetrantes me hacen extrañar los meses en los que el bebé dormía sin diferenciar el día de la noche. Sé que, como madre, lo mejor que puedo hacer es comprender sus necesidades y acompañarlo en este especial proceso de adaptación, pero muchas veces todo lo que quiero hacer es rodar en posición fetal y yacer en el suelo de su habitación.

Estoy enjuagando el jabón de mi cuerpo luego de mi carrera matutina cuando escucho el sonido ligeramente distorsionado de gorjeo de mi hijo procedente del monitor de bebé. Sonriendo, salgo de la ducha y me seco rápidamente antes de envolver la toalla alrededor de mi cabeza a modo de turbante. Cuando abandono el baño y camino dentro del dormitorio, me detengo frente al espejo. Mis caderas son más anchas ahora y estoy segura que siempre será así. Tengo la suerte de que recuperé rápidamente mi figura después de tener a West, probablemente debido a la carrera de ocho kilómetros que hago todas las mañanas. Y aunque pude volver a utilizar toda mi ropa de antes el embarazo, aun así no luzco como solía; mis senos son más grandes de lo que alguna vez fueron y mi estómago se encuentra cubierto de estrías. Mi cuerpo ahora es el de una madre.

Mientras me coloco la ropa interior y me visto con un pantalón de algodón y una camiseta negra, dejo que mis ojos absorban la magnífica vista fuera de mi dormitorio. Las estaciones se han fundido unas con otras de manera que el húmedo otoño le dio paso al blanco invierno y este a su vez a una primavera llena de vida, de luz y color con árboles frondosos y poblados de hojas verdes. Abro la ventana y dejo que el aroma de los pinos y de la tierra mojada perfume mi hogar antes de abandonar la habitación y cruzar el corredor hacia el dormitorio de mi hijo.

Abro suavemente la puerta y miro dentro. La débil luz del móvil pendiendo sobre él brilla en su cara y me permite verlo sentado, sacudiendo un sonajero mientras gorjea para sí. No puedo evitar sonreír.

—Hola, pequeño. Espero que hayas dormido bien —susurro, frotando mi mano encima de su cabeza para alisar su fino cabello de bebé que se encuentra de punta antes de acariciar su mejilla.

West agarra mi dedo y lo desliza dentro de su boca, haciendo ruiditos mientras babea por todas partes.

—Oh, ew —le digo, deslizándolo hacia afuera y sonriéndole—. Asqueroso.

Mi hijo estalla en una dulce sonrisa desdentada y yo me inclino para besar su cabecita antes de levantarlo de la cuna. Con sus ojos grises y, contra todas las probabilidades, cabello rubio es exactamente igual a su padre.

Envuelvo mis brazos a su alrededor y huelo el dulce olor a jabón de bebé mientras desciendo las escaleras hacia la cocina. Sostengo a West contra mi cadera con uno de mis brazos y le preparo su biberón con leche de fórmula con el otro. Cuando la pequeña alarma que mantenemos en la cocina con este fin suena, pruebo el biberón en mi muñeca antes de entregárselo a West.

TraiciónHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora