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Acababa de llegar del supermercado y acomodaba las cosas en la cocina cuando sonó una bocina fuera.

Gemí sin ganas de moverme, pero cuando el ruido se repitió me asomé a la ventana del living, intentando ver algo.

Frente a mi casa había un auto deportivo rojo.

Me preguntaba con sinceridad y desde el fondo de mi corazón qué pensarían los vecinos que pasaba en mi casa.

Suspirando me acerqué a la puerta y abrí.

Del auto estaba saliendo la mujer más impresionantemente hermosa que vi en mi vida. Debí haberme quedado con la boca abierta mirando la ropa de diseñador que cubría su esbelto cuerpo, compuesta por un pantalón suelto, remera ajustada al cuerpo y blazzer, todo en colores crema, contrastando de manera exquisita con su piel oscura.

Su cabello negro estaba atado en una tensa cola de caballo, dejando tras de sí una mata de cabello brillante muy rizado que se esponjaba de forma cuidada. La mayor parte de su cara la cubrían unas grandes gafas redondas pero su boca carnosa se veía pintada de rojo guinda.

—¿Dannika? Al fin nos podemos conocer —dijo con un acento muy marcado.

Reconocí la voz de una llamada telefónica.

¿Ésta mujer era Katharina? La volví a mirar y me sentí insignificante.

Recordaba la imagen estereotipada de una austríaca rubia con cara de aristocrática que imaginaba de ella en mi mente y me sentí una tonta. Ver esta mujer era ver a una diosa bajada a la Tierra, nunca hubiera imaginado que sería así.

—¿Katharina? —pregunté.

Ahora, pasada la impresión inicial, no podía evitar estar sorprendida por su presencia en mi casa.

—¡Sí! Que bueno que me reconozcas, ha de ser el acento —dijo y pronto estaba abrazándome como si fuéramos amigas de toda la vida. Olía a un perfume floral tan delicioso que envidié no tenerlo.

Y allí se iba el segundo estereotipo que tenía de ella: una chica fría.

Ahora entendía cuando Eliseo me decía que no era como la imaginaba.

—Eh... hola. Me alegra conocerte también —dije cuando me soltó. Sonreía mostrando sus dientes blancos y perfectos—. Pasa, entra, estoy guardando la compra...

—Oh, déjame ayudarte, veo que estás malherida —pidió mientras entraba muy tranquila a mi casa subiendo sus lentes a la parte alta de su cabeza.

¿Podía ser esto más surrealista? Me hallaba encandilada.

Katharina me siguió a la cocina y allí empezó a tomar cosas y a preguntarme donde ponerlas. Comencé a indicarle y ella parecía muy concentrada en la labor.

—No quiero que te vayas a ensuciar —dije al ver como tomaba del suelo el botellón de agua y lo dejaba junto al que tenía el dispensador.

—Ah, no te preocupes, la ropa se lava —comentó con una risita.

Comenzó a contarme cosas del vuelo, de como detestaba el jet lag, asegurando que había dormido tanto que no podría dormir esa noche.

Tenía una forma curiosa de pronunciar las palabras, por lo que debía recordarle que hablara despacio para entenderla.

Cuando terminó con todo empezó a preparar té. Así, tal cual, calentó agua en la caldera y sacó dos tazas del escurridor de platos.

—Siéntate, Dannika, tomemos un té y conversemos —pidió.

Deuda de sangreDonde viven las historias. Descúbrelo ahora