Capitulo setenta y cinco.

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Cameron.

No podía ni siquiera concentrarme, no encontraba las emociones adecuadas para describir todo lo que me estaba sucediendo.

Cerré los ojos con fuerza, no quería ni podía seguir viendo cómo el cuerpo de mi hermano comenzaba a desintegrarse. No podía seguir viendo cómo moría con cada segundo que pasaba, si es que ya no lo estaba.

Él se había sacrificado para salvarme, estaba así por mi culpa, y eso jamás me lo perdonaría a mi mismo. Cargaba con mucho dolor, no podía pensar en nada más que salir de este lugar. El cuerpo inerte de mi madre  comenzaba a llenarse de moscas, a pudrirse con cada segundo que pasaba.

Era un hedor insoportable, suponía que había pasado poco más de una hora, pero sentía que no podría aguantarlo más.

Condenado a ver a mi hermano morir, cerré los ojos. Si había algún Dios, energía, o lo que fuera que hubiera lejos, rogaba por su ayuda.

No podría soportar seguir aquí, no en esta casa, no con estos horribles recuerdos, no cuando los latidos de Steve  casi ya no existían, no cuando estaba tan pálido que casi era irreconocible, y no cuando la carne abierta seguía escurriendo con la sangre de su cuerpo.

Estaba inconsciente, sangraba aún y estaba seguro que moriría si alguien no nos encontraba en los próximos treinta minutos. Mi cuerpo tembló cuando Steve se removerse, su cuerpo hizo una fricción extraña y de su boca comenzó a salir un color metálico, sangre.

—¿Steve?—le dije, con las lágrimas aún marcadas. 

Yo sabía que él ya no estaba ahí. 

Yo sabía que el ya había muerto.

—Cuídame, Steve—susurré, aferrándome al la madera y soltando lágrimas.

No siempre podría ser el hombre que los demás temían, no siempre podría ser aquella persona que hacía a los demás temblar de miedo, no siempre sería malo y cruel.

Steve era mi hermano, mi propia sangre. Sus ojos estaban cerrados y su pecho abierto de par en par, su cuerpo pálido y sus labios morados iban a ser cosas que yo nunca jamás podría olvidar.

A su lado, mi madre. El disparo en la cabeza que Steve le había propinado me había salvado, pero ¿A qué costo?

Si pudiera golpearme mil veces y volver en el tiempo, lo haría. Mil veces lo haría. Mil veces yo hubiera dado la vida por salvar la de mi hermano, puesto que aquel era mi lugar.

Yo había sido el cruel, yo había sido el malo. Yo había sido quien había asesinado a sangre fría, quien había olvidado las leyes y había pisoteado a montón de gente. ¿Él? Él había sido quien había cuidado de mi incluso cuando no se lo permitía, el bueno, un hombre de honor y de palabra.

Todo aquello que yo nunca fui, todo aquello que siempre quise y nunca pude ser.

Mi pecho ardía, sabía que el que debía de estar ahí era yo, yo debí haber sido el que murió, no él.

Y me había dado cuenta que todo lo que yo tocaba, moría. Comenzó con Joseph Black, a pesar de que el hombre había sido el peor padrastro de todos, gracias a él pude traer a Leah a vivir conmigo.  Le siguió Luna, la pequeña Luna Black, víctima de abuso y violación por parte de Leonardo Evans, a esta le siguieron sus padres, dejando a Ian y Adam solos. Luego Viana. 

Joder, hasta Viana había muerto por mi culpa.

Luego, mi madre, aquella mujer que quiso asesinar a su propio hijo, y finalmente, Steve.

Mi querido Steve, el único que había confiado y creído ciegamente en mi.

Me acababa de dar cuenta que todas las muertes habían sido por mi culpa, todas y cada una de ellas habían tenido que ver algo conmigo, yo todo lo que tocaba lo mataba y no permitiría que aquello sucediera con Leah. No con ella.

CRUELHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora