Capitulo sesenta y cuatro.

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Pasaron alrededor de tres minutos de silencio extremo. O quizás era yo quien no quería escuchar lo que tenían por decir.

Era él. Estaba frente a mi.

Como una de las más maravillosas ilusiones que tuve todo este tiempo, Cameron se encontraba a aquí. Pero esta vez no era un sueño.

Mi corazón palpitó con fuerza cuando apuntó contra Michael, mis manos temblaron y mis ojos no se alejaron de él. Su entrecejo fruncido y su voz me hicieron darme cuenta en la mentira que había vivido todo este tiempo.

Sin él no habría vuelto a conocer la felicidad.

—Estás vivo...—susurré, mientras pequeñas lágrimas caían de mis ojos.

Era él.

Estaba vivo. Justo delante de mis ojos. Su cabello estaba más corto de lo que me permitía a mi misma recordar, y una fina barba cubría su rostro. Se veía diferente, se sentía diferente.

Estaba aquí, y su mentira quemaba como el infierno.

De mis ojos comenzaron a caer miles de lágrimas, y las ganas gigantescas de saber qué estaba sucediendo me invadieron. ¿Por qué? ¿Por qué hacerme sufrir de esta manera durante meses? ¿Por qué abandonarnos cuando más lo necesitábamos?

A pesar de todas las incógnitas a las cuales no podía encontrar respuesta, nada de eso me permitía bloquear la emoción de verlo ahí, a unos metros de mi, a salvo. Vivo y decidido, dando la pelea.

Deseé tanto ese momento que en silencio pellizque mi mano, esa con la que apuntaba a Viana. Nada sucedió, no estaba soñando. Estaba vivo, estaba aquí.

Las lagrimas comenzaron a caer por mi rostro cuando me observo a los ojos, esos ojos grises que veía cada día en Cam. Me estremecí ante su mirada y bajé la cabeza, incapaz de articular palabra.

Su mirada culpable me quemaba, mientras yo temblaba de rabia y dolor.

Steve no estaba sorprendido de ello, Michael tampoco, al parecer, las únicas asombradas con la aparición de Cameron éramos yo y Viana. De mis ojos comenzaron a brotar miles de lágrimas, todo había sido una mentira.

—Eres patética— habló Viana.

Golpeé con fuerza su nuca y esta volvió a caer al piso. Michael le quitó el seguro  a su pistola y me apuntó. Cameron en seguida se colocó tras de él, como un guardián.

—La policía llegará en diez minutos, y te prometo que antes de eso serás alimento para perros—hablé fuerte, mirando a Viana.

En el pasado, cuando me insultaban me lo creía. Me había dejado pisotear tantas veces que incluso aquello se habia vuelto una costumbre. Pero ya no más.

Yo había cambiado, y la nueva versión de mi no iba a permitir que nadie me pasara a llevar.

La traición de Cameron me estaba quemando el alma. Estaba volviéndome loca. Sentía que el mundo era una mentira, esto no podía estar pasando.

—Leah—lo escuché hablarme, por primera vez después de tanto tiempo.  Evité su mirada y tocó mi brazo con su mano libre.

Creí que mis piernas caerían al piso, tiritaba como si tuviera párkinson y supe que no podría controlarme, pero lo hice. Resistí, como siempre lo hacía.

No lo observé, ni siquiera podía permitirme mirarlo a la cara, mis manos temblorosas apuntaron hacia Viana, a la vez que Michael me gritaba que bajara el arma.

—Leah, llegará la policía y ella se pudrirá en la cárcel—habló Cameron a mis espaldas, ni siquiera me di la vuelta.

Tomé una respiración profunda y pensé en mi hijo, en lo que sería de él si Viana seguía con vida, en el miedo que yo tendría cada vez que él quisiera divertirse, o que quisiera salir, o tener sólo una vida normal.

CRUELHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora