Capítulo treinta y cinco

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QUE LEVANTE LA MANO QUIÉN ESTA EN CUARENTENA😂.
okay, a leer.

Observé a la persona que tenía frente a mi, era totalmente desconocida. Agarré un pedazo de rama que estaba a mi alcance de inmediato, retrocedí en el suelo y lo observé mejor. Temblé un poco cuando comenzó a acercarse.

—Tranquila, no te haré daño—murmuró.

Claro, eso es lo que siempre dice alguien que te hará daño. Le miré desconfiada, era adulto, podía notar que era de los ricachones que se encontraban en esa fiesta por el atuendo que traía, probablemente tendría unos treinta y tantos, o quizás más pero no lo aparentaba, su cabello era negro como la noche y sus ojos eran de un color azul fuerte. Casi quemaban.

Su acento, era muy diferente al de todos los de aquí. Se me acercó y se agachó para estar a mi altura, mi respiración se agitó y mis manos comenzaron a temblar.

—¿Te han comido la lengua los ratones?—susurró por lo bajo, pasándome un pañuelo blanco de su saco—, ten, lo necesitas más que yo.

Ese acto hizo que me relajara por un instante. Lo miré a los ojos y sentí que lo conocía, pero no tenía idea de dónde. No se veía confiable, había algo en su mirada que me hizo estar alerta.

—¿Te conozco?—le dije mirándolo con temor, probablemente me veía muy ridícula en este momento.

Mi vestido era blanco y yo estaba sentado en la tierra, estaba arruinado en su totalidad. Mi rostro estaba casi sin maquillaje por todas las lagrimas que había derramado, y mis ojos probablemente estaban muy hinchados en este momento. El hombre me miró y negó con la cabeza.

—No, no lo haces. Pero creo que ver llorar a una chica así de hermosa es un verdadero delirio.

—¿Por qué estas aquí?—le pregunté, literalmente la fiesta estaba a unos veinte minutos a pie, estábamos en medio de un horrible bosque.

—He querido escapar de ellos, igual que tú.

—¿Me has seguido?—le pregunté, algo más alarmada que antes y localizando una salida.

—No, te he encontrado porque tus llantos se escuchaban a media cuadra—dijo, sentándose a mi lado y quitándose la corbata. Era gris, y tenía pequeñas letras negras en ella.

—Lo siento, seguramente te he asustado—le dije, mas el negó con la cabeza.

—No, tranquila. ¿Están tus padres en la fiesta?—susurró.

Había algo en él, no sabía exactamente qué cosa, que no me agradaba en lo absoluto. No tenía idea de qué era lo que sentía en este minuto, pero no era seguridad y mucho menos estaba a gusto con la conversación.

No tenia idea de qué le diría, porque no sabía qué diablos éramos Cameron y yo.

—No, he venido algo así como un amigo, pero ya debe estar buscándome—le dije, poniéndome de pie. Él imitó mi acción—, creo que es hora de irme—le dije, pero agarró mi antebrazo y mi pulso se aceleró. Tragué en seco y lo miré a los ojos.

—¿Por qué te vas tan rápido? Me gustaría saber el motivo de tus lágrimas.

Suspiré y me solté suavemente de su agarre, le di una media sonrisa.

—No es algo de lo que desee hablar en este minuto, en verdad debo irme—susurré, rogando porque nada fuera a pasarme.

Me maldigo una y mil veces por salir corriendo de esa forma.

—¿Pero por qué debes irte tan rápido?—me dijo, mirándome a los ojos. Vio mi miedo y rió—, no creo que desees volver a esa fiesta, está aburrida.

CRUELHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora