Me encontraba en un espacio reducido, al parecer estábamos en una de las tantas propiedades que Cameron poseía en Zúrich. Me sorprendía a veces la cantidad de dinero que tenía y que, a pesar de esto, su vida fuera tan condenadamente triste.
Creo que eso fue la primera cosa que vi en él, una aura oscura, llena de soledad y miedos. Recordaba perfectamente cómo le había conocido, cuando me inscribí en la agencia del cerdo de Joseph jamás pensé en cómo acabaría, o bueno, en como procedería todo el asunto de Cameron. Porque aún no termina.
Mi madre siempre me decía que las buenas relaciones no tienen finales, y que si lo tienen, no será feliz. Desde pequeña había crecido con el mejor ejemplo a mi lado, y creo que mi madre me había hecho ser la mujer que soy hoy.
Al fin y al cabo, todo esto comenzó para ayudarla a ella.
La habitación del departamento de Cameron estaba perfectamente ordenado, el brillo se podía ver desde lejos. Había una cama, un closet vacío y un gran televisor.
—Siéntate—me dijo y acepté. No sabía por qué estábamos en la habitación y no en la sala de estar del departamento, pero preferí no preguntar.
Cameron me miró, como si en verdad le costase hacer lo que sea que estuviera por hacer. Sus movimientos eran lentos, casi le dolían.
Su camisa cayó al suelo y hablé enojada
—Si me has traído para...
—Cállate y siéntate —me dijo, sonando demandante. Noté cuánto le jodía y que su plan no era llevarme a la cama, le agradecí internamente.
Volví a mi lugar y la camisa de Cameron ya estaba en el suelo, sus manos estaban temblorosas y jamás creí que lo vería de este modo, se veía tan frágil y lo único que quería hacer era abrazarlo y decirle que no tenía por qué estar solo.
Pero callé, porque quería que se desnudara frente a mi, en el sentido más puro de la palabra.
Quería que el frío y duro Cameron Black me explicara qué era el detonante de sus pesadillas, qué era aquello que lo atormentaba de día, y por qué temía tanto de sus tatuajes.
Ahí estaban, podía notar el reloj de arena en su brazo izquierdo, un ave fénix que recorría desde su hombro hasta por debajo de su torso, y un número, el 13. Ese numero tan aterrador que se encontraba en su pecho.
Suspiró y cerró los ojos, respirando fuertemente.
—Lo que voy a contarte no es una historia linda, Leah. Es probablemente la historia más cruel y mala que podrás escuchar. Es mi historia. ¿Estás dispuesta a oírla?
Lo miré, parecía ido, como si estuviera recordando mil y un cosas y no tuviera el poder de decidir por dónde comenzar.
—Estoy aquí para escucharte—le dije.
—Tenía diez años cuando comenzó, era un niño. Steve y mis padres solíamos irnos de vacaciones a la casa del abuelo, es preciosa y tiene un gran lago y bosque—sonó, algo inseguro.
—¿Te llevabas bien con Steve cuando eras pequeño?
—No. Siempre lo detesté, era un marica y por todos sus errores yo pagaba las consecuencias. Era el mayor y el orgullo de mi madre, siempre era "Steve ha logrado esto..." "Steve ganó una medalla" "Steve es el mejor de su clase...", me sentí solo toda mi niñez. Mi padre siempre fue un hijo de perra y a veces solía golpear a mi madre, Steve era mayor y nunca hizo nada para detenerlo—habló con rabia.
—Tranquilo—le dije, acariciando su muslo. Él me miró con adoración.
—Leah, hay algo muy importante que debes saber antes de que te cuente esto—dijo, mirando al suelo—, todos aquellos que lo saben tienen el número tatuado, es casi una sexta. No quiero, por ningún motivo, que formes parte de esto. No lo soportaría, debes prometer que no le dirás a nadie lo que sabes, y si alguien de mi familia te intercepta, debes fingir que no sabes nada.
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CRUEL
AksiCuando hablamos de la crueldad de las personas, hay algo que se nos escapa. ¿Qué fue de aquellos que la crueldad fue lo único que se les entregó? ¿Qué fue de aquellos que no conocieron el amor? El infierno está sin su rey. Cameron esta aquí. ©Prohib...
