Capítulo veintitrés.

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Cameron.

—Oh vamos, Cameron es un bebé, ¡Mamá, Cameron no quiere ir a los bosques conmigo!—gritó Steve desde el asiento trasero del auto. Crucé mis brazos sobre mi pecho.

Era el día trece de junio, mamá y papá iban hacia el lago con sus socios y algunos familiares todos los años, la misma fecha.

Y siempre terminaba en lo mismo, reuniones de horas, en donde mi hermano y yo terminábamos tan aburridos que la última vez Steve terminó durmiéndose sobre la mesa y dejando un charco de baba sobre él.

—Basta, ya dije que no tienen permiso para salir de casa hasta que volvamos—murmuró mi mamá, dirigiéndose a las dos niñeras que nos observaban como si fuésemos algún tipo de rey. Y la verdad es que lo éramos.

Ya habíamos bajado del auto, y era maravillosa la vista de este lugar.

—Pero mamá...—comenzó a decir mi hermano.

—No, ya dije. Nada bueno pasa en ese bosque.

Mamá dijo que no fuéramos, ella me advirtió.

Los gritos, el olor de la sangre, la muerte tan cerca, el miedo tan desgarrador, el fuego tan ardiente, los ojos cristalinos, el dolor....

Cameron...

Cameron...

—¡Cameron despierta!—escuché por fuera, abrí los ojos y empujé lo que fuera que estaba por delante mío.

Nadie que esté conmigo cuando tenga pesadillas corre buena suerte. Nadie.

—¡No!—grité al vacío, me senté sobre la cámara incómodo. Tratando de calmar mi respiración, coloqué una mano sobre mi pecho, sudaba frío.

La chica, que en ese momento estaba en mi cama yacía sobre el suelo, ni siquiera me dediqué a mirarla, sólo a maldecirme una y mil veces por haberme permitido caer tan bajo.

Estaría agradecido si todo aquello sólo hubiese sido una pesadilla, pero no era así. Era real, era un recuerdo completamente real que me atormentaba la mayoría de las noches.

Me levanté de la cama, y me dirigí hacía la puerta de mi habitación, necesitaba estar solo o terminaría por romper casa cosa que se me pasara por delante, sea persona, o lo que sea.

—¿Donde vas?—preguntó la chica de cabello rizado, ni siquiera me detuve a responderle. Ni siquiera me detuve a observarla.

Yo tenía problemas, lo aceptaba. Pero me jodía hasta la mierda todo eso, todo esto.

Abrí la puerta de la casa, necesitaba aire fresco, estaba enrabiado, parecía poseído. No podía controlarme y como muchas veces tuve miedo de mí mismo.
No sabría hasta dónde podría llegar, necesita un soporte.

No había tenido jamás uno, al menos no como la castaña que solía acompañarme. Y me jodía muchísimo, hasta la mierda pensar en ella un noventa por ciento de mi día, sentía que la necesitaba.

Y era estúpido, ¿Que podría necesitar yo de esa mocosa sin dinero? Al parecer, todo. Ella vio a través de mi, vio al mounstro que se esconde en mi persona, y aun así cayó por mi. Cosa que muy poca gente había hecho

Pero se fue.

Mis puños dolían por apretarlos tanto, sentía que el cualquier momento terminaría por romperme los huesos de estos, pero nada me saciaba, nada me llenaba.

¿Por qué sentía este vacío? Era de la puta madre, necesitaba hacer daño, necesitaba verla, necesitaba que Leah estuviera a mi lado. La quería ya.

CRUELHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora