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Quince días

Parte II



—Oye, tío, si vuelves a tropezar conmigo voy a tener que romperte el tobillo.

—Y tú, Shelson, si no acapararas toda la luz de la linterna, los demás podríamos ver dónde ponemos los pies.

Chris intentaba contener la risa mientras atravesaba el campus sumido en la oscuridad detrás de Shelson y de un Miles cada vez más enojado. Eran casi las once de la noche, y la Escuela de la Costa estaba totalmente a oscuras y en un silencio solo interrumpido por el grito de las lechuzas. 

Cuando Rolan le pidió traer a algunos amigos esa noche, Chris se había sentido profundamente abatido. En la Escuela de la Costa no había guardias en los pasillos, ni aterradoras cámaras de seguridad grabando cada movimiento de los estudiantes, así que no la inquietaba ser descubierto. De hecho, escabullirse de la residencia había resultado relativamente sencillo. El gran desafío para el consistía en llevar a alguien. Dawn y Jasmine parecían ser las mejores candidatas para una fiesta en la playa, pero cuando Chris subió a su habitación de la quinta planta, el pasillo estaba a oscuras y ninguna contestó a su llamado. De regreso a su habitación, se encontró a Shelson enredado en una especie de postura de yoga tántrico que a Chris le dolía con solo mirarlo. No quiso romper la gran concentración de su compañero de habitación para invitarlo a una especie de fiesta desconocida, pero un golpe fuerte en la puerta obligó a Shelson a abandonar de mala gana la postura.

Miles quería saber si a Chris le apetecía tomar un helado. Chris miró a Miles y a Shelson, y dijo sonriendo:

—Tengo una idea mejor.

Diez minutos más tarde, pertrechados con una sudadera con capucha, una gorra de los Dodges colocada al revés (Miles), calcetines de lana con dedos para poder llevar chanclas (Shelson) y la inquietud creciente ante la perspectiva de mezclar a Rolan con la gente de la Escuela de la Costa (Chris), se dirigían dificultosamente hacia un extremo del acantilado.

—A ver, repito, ¿quién es ese tipo? —preguntó Miles.

—Es un chico de mi otra escuela.

Chris pensó en una descripción mejor mientras los tres iniciaban el descenso por la escalera de roca. Rolan no era exactamente un amigo. Y, aunque los alumnos de la Escuela de la Costa parecían bastante abiertos, no sabía si debía decirles a qué bando de los ángeles caídos pertenecía Rolan.

—Era amigo de Zabdiel —dijo al final— Seguramente será una pequeña fiesta. No creo que conozca a nadie más que yo aquí. 

Antes de ver nada percibieron el olor: el humo delator del nogal de una gran hoguera. A continuación, al final de la empinada escalera, tomaron la curva de la roca y, tras rebasarla, se detuvieron asombrados por el chisporroteo de una enorme llamarada naranja. En la playa parecía haber reunidas unas cien personas. 

Chris se puso de puntillas y vio que en torno al fuego había muchos compañeros suyos de la Escuela de la Costa desafiando el frío. Todos sostenían una vara en el fuego, intentando encontrar el mejor lugar donde asar sus perritos calientes y sus nubes dulces y colocar sus recipientes de hierro forjado. Y en el centro de todo, Rolan, que se había cambiado la camisa abotonada y planchada y las caras botas de piel por una sudadera con capucha y unos vaqueros raídos, como los que llevaba todo el mundo. Estaba de pie sobre una roca, gesticulando exageradamente mientras explicaba una historia que Chris no lograba oír bien. Dawn y Jasmine se encontraban entre quienes lo escuchaban fascinados; el fuego iluminaba sus rostros realzando la belleza y vivacidad de ambas.

[ El poder de las Sombras ]▪︎ChrisdielHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora