|10| Jovencita insolente

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Derek observa con detención a Olíver cuando este abandona la cocina, mentalmente criticándolo por la prepotencia que derrocha el muy charlatán y que sin dudas piensa que ha debido heredar del canalla de su padre.

Por su parte, Lady Beckett clava su mirada en él.

Y la agitación en su pecho no se hace esperar.

Además de ese aleteo en la boca de su estómago.. .

Cuando el yanqui de pronto hace a la joven pelirroja su foco de atención, la pobre muchacha no evita ponerse nerviosa y la respiración se le corta en la garganta. Y es que ahora están completamente solos y Lady Cheryl no había pensado disponer tan pronto de una oportunidad cómo esta.

Jamás habría previsto que su primo la hubiera dejado así de tal manera. Está claro que si hubiese sido otro hombre, o si al menos Olíver hubiera imaginado lo que ella siente por este en particular, nunca lo habría hecho. Pero ella sabe que realmente nadie de la familia concebiría este pensamiento en sus cabezas, no cuando se trata de una cuestión tan remotamente insólita como que pudiese llegar a pasar algo entre la pequeña Beckett y el mayor de los Evanson.

Durante unos pocos segundos que a Cheryl se le antojan una delicia, a pesar de su instantánea alteración, ella se deleita en apreciar la imagen del capitán, quien de pronto ha avanzado unos pasos más hacia dentro.

Su estilo bohemio, el de un auténtico hombre del mar, sin dudas logra contrastar muchísimo con la vestimenta de los hombres aristocráticos. Mientras los nobles utilizan chaqués, corbatas y telas de gabardina, Derek simplemente se las arregla con ropas ligeras que nada tienen que ver con la pulcritud y la moda. Pero aún así ella admite que es la apariencia del Evanson la que más le resulta tentadora.

Cheryl se fija en su enmarañado pelo negro, en su prominente mandíbula, en sus labios carnosos y en esos ojos que, aunque son del mismísimo color verde de la hierba en su esplendor primaveral, sólo se aprecian fríos y sin destellos. Tampoco previene que su mirada recaiga en sus músculos, en su fornido abdomen y que incluso se deslice descaradamente hacia un poco más debajo...

¡Y entonces que tragedia! A Lady Cheryl se le nubla la razón.

Había imaginado momentos como este en todo el sinfín de arbitrarias situaciones que solía escenificar constantemente en sus fantasías. Y ni se diga de las tantas veces en que había ensayado qué decirle cuando esto ocurriese realmente. Se había ingeniado un millón de palabras sutiles y una y mil formas de hacerle entrever al Evanson sus emociones por él. Pero ahora ha quedado nula.

Vaya trastorno le produce este hombre.

Para cuando se percata de que está haciendo lo que precisamente había jurado evitar: quedar estática, trémula y muda frente a él, Cheryl hace un gran acopio de todo su desparpajo para lograr espabilarse y arrancarse la dicción de los labios.

-¿Desea desayunar?-Se convence en decir finalmente, sin ninguna intención de romper el contacto visual entre ambos.

-¿Desayunar?-Le responde él con una voz que, si bien no lleva el mismo tono despreciativo y brusco que suele emplear para dirigirse a su tío Landon, igual no expresa ningún atisbo de simpatía.

Oh, ella sí que tendrá que aprender a aceptar-o quizás obligarle a manejar-sus maneras de hablar y comportarse. Y es que las pocas veces en que el Evanson se convence de relajar sus rasgos, suavizar su voz y adoptar una postura menos agria es cuando está hablando con su hermana. Tan sólo con ella se le iluminan los ojos y se muestra hasta cierto grado meloso. Porque incluso con sus propios hermanos a veces suele ser un tanto tosco.

Cuando Lady Cheryl aterriza la cabeza y recuerda que es más del mediodía, no tarda en corregirse ante él.

-Almorzar-Vuelve a decir-¿Desea almorzar algo? Las doncellas no han cocinado nada pesado aún, ya que no han recibido ninguna orden precisa de ello, pero al menos han preparado chocolate y estos panecillos. Si gusta, le sirvo.

Lady BeckettHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora