|35| Fachada y autodefensa.

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Sin ánimos de seguir perturbándola más y una vez calmado el fragor después de un buen rato esperando a que la muchacha decidiera bajar, sus dos primos y su hermana se resignan y abandonan la casa.

Poco después, sin embargo, una doncella toca a la puerta de la joven y esta, creyendo que se trata de uno de estos aún presentes, arremete contra ella:

—¡No me toquéis las narices! Dejadme en paz o me encrespo.

—Soy yo, milady—Se hace identificar la doncella—Vuestra hermana y primos ya no están

—¿No me estás tendiendo un ardid para que abra la puerta?

—Le juro que no, milady. Tan solo vengo a darle un recado— Exclama ella al otro lado. Cheryl confía y al instante se levanta para abrir.

—Oh, discúlpame, Irene. Ando con los nervios trastocados y los zopencos de mis familiares no colaboran. ¿Qué vienes a decirme?

—Hay un cochero afuera que dice tener una carta para usted—Le avisa.

—¡Jope! ¿Ahora quien más ha decidido añadirse a la confabulación que parecen tener todos para arrastrarme el ánimo? Ha de ser otro reproche. ¿Por qué no me la has traído?

Lady Beckett se consterna todavía más. No imagina qué otro miembro de su familia le habría mandado una carta. De haberse enterados sus padres, sin dudas no se molestarían en enviar un mensaje por escrito cuando lo probable es que estén en el camino de regreso.

—El cochero ha demando que sea usted personalmente quien la reciba.

—¿Y eso por qué? —Se descoloca.

—No lo sé, milady. Pero me ha exigido expresamente que sea usted quien vaya a por ella, que a ni a mí ni a nadie más se la entregará.

—¿Te ha dicho quien la envía?

—Dice que es información reservada y que ya se dará cuenta usted cuando la lea.

—¡Jope! ¿Es que no sabe la gente que yo sufro de nervios? Mira, Irene, baja a decirle al cochero que me encuentro indispuesta y que te he autorizado para hacerme llegar la carta.

La doncella no titubea en cumplir el mandato. No obstante, apenas transcurre un minuto cuando vuelve a aparecerse en la habitación:

—Está muy obstinado, milady. Se muestra renuente a entregarme la carta. Dice que tiene una orden muy estricta de ponerla específicamente en sus manos.

—¡Madre mía! —Se queja la joven, dando un portazo a la puerta antes de determinarse a descender a regañadientes por las escaleras hasta traspasar el salón y llegar hasta la entrada de la residencia.

Al instante divisa al esbelto cochero apoyado sobre su carruaje.

—La persona que lo envía ha de tener una brillante inteligencia, señor. Porque no logro entender como habría usted de saber si realmente soy yo la señorita Beckett a quien le ha encomendado entregar personalmente la carta. Bien puedo ser otra fingiendo ser Cheryl. ¿no cree?

El cochero se sonríe al notar el desparpajo de la joven cuando se le acerca. Pero, aunque está un poco airada, ella ha tratado de no sonar tan odiosa.

—No dude usted de su inteligencia, milady. El hombre en cuestión me dio sobradas razones para que yo supiera exactamente cómo distinguirla. Lo primero fue el distintivo pelo rojizo. Pero, dado que sabe que otras también poseen la misma tonalidad, me detalló que tiene usted un pequeño lunar en el lado izquierdo de su cuello. Me dijo que tendría usted un modesto brazalete con una simple piedrecita de zafiro incrustado. Me aclaró, además, que usted misma me desvelaría quien era con su desparpajo y su frescura, y ya lo ha hecho. En suma de todo esto, me dijo que al sonreír suele marcársele un solo hoyuelo, el izquierdo, y que los ojos se le achinan. Me aseguró que usted me sonreiría y que por ello me daría cuenta. Y lo ha hecho.

Lady BeckettHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora