|27| Palabras vetadas.

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Después de más de media hora de fatídica espera, Lady Beckett se resigna a aceptar que, para su desgracia, ha sufrido un maldito desplante.

¡Oh, ese detestable yanqui!

La atractiva panorámica del lugar le ha estado sirviendo de pretexto para aún permanecer aquí. Y es que la boscosa arboleda que se extiende a su alrededor y que ya se ha teñido del naranja otoñal, sin dudas, hace del paisaje y de sus tonos ocres una vista digna de loar.

Es por ello que se convenció en ser paciente y tomar asiento sobre un gran pedrusco que divisó en un rincón, para desde allí distraerse admirando cómo el viento ha estado zarandeando las copas de los árboles y cómo sus follajes se han desvestido para ir a formar parte de las pilas de hojarascas esparcidas. Durante un rato se embelesó apreciando una familia de jilgueros que revoloteaban cerca de su nido en lo alto de un ramaje.

Luego sus ojos han sido cautivados por las travesuras de dos ardillitas que parecían jugar a la escondidas en el tronco de un nogal. Y por último su atención ha sido eclipsada por una mariposilla que se acercó a ella batiendo alas hasta volver a remontar vuelo y alejarse. Pero ahora, de pronto, la pobre muchacha no evita empezar a sucumbir a los efectos de una rabieta.

Sintiéndose la sangre hirviéndole en decepción y cólera, Lady Beckett no tiene más alternativa que aceptar la situación: el Evanson no vendrá. Ha sido muy tonta y patética al pensar que podría hacerlo. ¡Oh, que bruta!

Comenzando a recriminarse a sí misma, la joven empieza a patalear y a desahogar su frustración con un berrinche. Intentando canalizar las malas emociones que bullen en su interior, Cheryl empuña sus manos con un cúmulo de rocas y las arroja con todas sus fuerzas para luego empezar a desquitarse deshojando un pequeño arbusto que va creciendo a un costado del pedrusco y que el otoño ya ha marchitado.

—¿Tienes algo en contra de los arbustos de grosellas, Lady Beckett?

La áspera voz del yanqui se deja oír con un ápice de comicidad cuando le desvela su presencia a la joven.

No ha podido evitarlo. Hasta hace poco estaba encubriéndose detrás del tronco de uno de los tantos árboles que plagan esta agreste zona al suroeste de Londres y a una hora y media de trayecto en carruaje desde Picadilly. ¡Una hora y media!

Había sido tiempo suficiente para Derek reflexionar y pensar con la cabeza fría sobre la insólita idea que sería seguirle la jugarreta a la muchacha. De hecho, en varias ocasiones se imaginó a sí mismo siendo despedazado sangrientamente por los tres hermanos Beckett si se llegasen a enterar de semejante barbaridad. Y en ciertos momentos decisivos estuvo a punto de pedirle al cochero que parase la marcha y se devolviese. Pero para cuando ya estuvo completamente decidido a retroceder en su acto impulsivo, el landó de pronto se detuvo en un solitario paraje con la notificación del cochero de que había llegado a su destino.

El destino al que Derek le solicitó trasladarlo cuando leyó la ubicación en el papelito que la bribona le había dado ayer y en el cual se leía "La entrada oeste del bosque Epping".

Fue entonces cuando, no sin antes recibir una inquisitiva mirada de parte del cochero por entender la razón por la cual un americano querría ir solo al bosque, Derek se obligó a sí mismo a desmontarse y a despedirlo después de pagarle lo prometido.

Y fue apenas dar unas pocas zancadas bosque adentro, cuando avistó a la joven sentada en el pedrusco.

No quiso anunciarse enseguida, puesto que todavía estaba debatiéndose ante la sensata posibilidad de salir corriendo detrás del carruaje y regresar a la urbe. Sin embargo, al detenerse unos segundos a apreciar a Lady Beckett, no ha podio hacer más que quedarse estancado en el sitio y embelesarse detallándola.

Lady BeckettHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora