|58| Regreso a Londres

590 48 26
                                        

Unas millas al norte más adelante, en el Tritón, Lord Landon se permite rememorar los épicos años que le dedicó al mar dejándose arropar por la cálida brisa que sopla la cubierta de estribor.

Con el pecho descubierto y con la mirada deleitándose por la expansión de las turquesas aguas atlánticas frente a él, se deja atrapar por el pensamiento de que, en realidad, no es capaz de juzgar al yanqui por no haberse querido desprender de su barco.

Ni siquiera él mismo, habiéndose retirado de la piratería y de la navegación, ha podido deshacerse del suyo, que todavía mantiene anclado en un puerto de las afueras. Y al haber apreciado desde fuera y desde dentro a la Pola del Evanson, no le caben dudas del porqué su adoración a ella y la codicia del japonés.

Quizás, solo quizás, en su época de pirata, cuando al igual que a su cuñado poca cosa le importaba más que su barco, se habría jugado la vida cómo él lo hizo.

—¿Vas a ir a hablar con ella?

La voz de su hermano, surgiendo detrás de sí, lo espabila.

—Ya te dije que lo intentaré. Pero no te aseguro nada. Si a ti que eres su padre casi te desfigura la cara al tirarte ese candil encima, y el respeto que le inspira Elton no le ha valido nada a la hora de llamarlo miserable, no quiero ni imaginar qué será capaz de hacer o decirme a mí.

—Ya han pasado tres días desde nuestro último intento. Puede que ahora esté más calmada y al menos acceda hablar contigo.

—Iré con ella ahora mismo. Cruza los dedos para que le flaquee el tino en caso de que quiera estamparme cualquier cosa—Responde el conde, dándole una palmada en el hombro a su hermano.

Recibiendo la última caricia del frescor en la cara, Lord Landon se dispone a bajar por las escaleras de la escotilla en cuyo camarote interior se encuentra su sobrina.

La misma temperamental muchacha que no bromeó cuando antes de zarpar en el puerto les gritó que no quería verlos ni hablar con ellos después de la escena que se tuvo lugar allí.

La misma que efectivamente durante las dos semanas que ha llevado la travesía no se ha dignado en escucharles ni dejarlos acercarse a ella, poniéndose histérica ante cualquier asomo de su padre o de sus tíos.

Desde ese día, cuando se les alejó a todos para abordar por sí misma el Tritón y elegir su camarote, ha pasado los días siguientes encerrada, tirada sobre la cama, sin subir a cubierta y apenas comiendo la comida que le hacen llegar.

Lord Elton ha propuesto que lo mejor sería dejarla en paz por el momento. Para ninguno es un secreto que más allá de su furor, sus rabietas y su resentimiento, Lady Cheryl está dolida, abatida y desilusionada.

No solo es un episodio colérico por lo que está pasando, sino más bien un enfrentamiento contra la pesadumbre. Por el desconsuelo de haber sido desencantada por el yanqui y por sentirse de alguna manera disgustada con la intervención de ellos.

Todo culpa de Derek Evanson.

Fue por esto que ese día Lord Elton, tras la huida de su hija, no se refrenó a sí mismo y logró zafarse el tiempo suficiente de sus hermanos para volver a arremeter sus puños contra ese maldito americano. Lo hubiera hecho polvo si enseguida no hubiesen llegado nuevamente sus hombres a respaldarlo y su primer oficial no les hubiera instado a abordar el Tritón y largarse de una vez por todas.

Cuando Lord Landon abre sigilosamente la puerta, colando primero la cabeza, logra apreciarla tumbada de costado sobre la cama con el rostro apoyado en una de sus manos mientras con la otra va pasando las hojas de un libro en el que se encuentran enfrascada.

Lady BeckettHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora