|20| Una sucia jugada. Parte 1

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Derek no ha podido pegar un ojo durante todo el resto de la noche. O de la madrugada, más bien. Pues al llegar al hotel se ha percatado de que realmente se ha gastado un buen tiempo lidiando con aquella muchachita, tanto que al acostarse en su colchón es consciente de que ya faltan pocas horas para el amanecer.

Tan alterado como está por un revoltijo de alborotadas sensaciones, el yanqui es incapaz de conciliar el sueño. Está agitado, y mucho. Porque le hierve la cólera, pero también la excitación. Oh, si Lady Beckett supiera que no únicamente ha logrado su cometido de impedir que se acostara con esa ramera, sino que también ha conseguido que el hombre se pase todo el rato pensando en ella.

Por momentos imaginándose estrangulándola, a causa de su tremenda desfachatez, y por otros tantos fantaseando con lo que habría podido pasar si él no hubiese reunido el suficiente acopio de voluntad para atajar sus propios impulsos y hubiera seguido devorándole la boca y friccionándola contra él...

Vaya que sí ha sido una delicia saborearla.

Y vaya exquisita forma en que rápidamente se les prendieron las venas y su cuerpo se caldeó.

La muchacha es preciosa y el yanqui no lo puede negar. Además de poseer un delineado y delicado cuerpecillo que podría abrirle el apetitito a cualquier hombre. Cuando estaban tirados allí en el pavimento, Derek se permitió tocarla y la tersura de su piel le fascinó. También osó en encajar su cinturilla entre sus manos cuando ella estaba encima suyo y sin dudas le encantó notar las remarcadas curvas de sus caderas. Y aunque sigue considerándola muy joven para él, sus ojos no son inmunes de captar ciertos detalles y alabarle la belleza a la pequeña muchacha de melena cobriza.

Tampoco su cuerpo ha sido inmune de sentir las sensaciones que ella le ha logrado despertarle a su piel con tanta simpleza.

Son las cinco de la mañana Cuando Derek finalmente logra aquietarse y se propone cerrar sus párpados. Sin embargo, su vano esfuerzo de intentar dormir de repente es tronchado por una aparatosa intromisión en la habitación. Su hermano menor, encontrándose con la estancia a oscuras, no evita tropezar contra la esquina de un estante y al instante pone el grito al cielo

—¡Maldigo el día en que nací! —Vocifera acariciándose la parte del hombro adolorida y yendo a encender el interruptor de la luz—Vaya, ¡estás aquí, gran copón! —Dice al avistar a su hermano desde su posición acobijado entre sus sábanas, fulminándole con la mirada

En este momento Derek se arrepiente de haber decidido serle fiel la costumbre de los Evanson de compartir siempre una misma habitación de hotel con camas dobles dondequiera que estuviesen. Siendo tan rústicos como son, siempre han omitido la comodidad y más bien prefieren mantenerse lo más cercanos posible por si las moscas. Pero justo ahora solo quiere matar a ese condenado mocoso que le ha interrumpido los pocos minutos en que estaba logrando sucumbir al sueño.

—¿No habíamos quedado en que nos encontraríamos en el bar de la taberna a las cuatro de la mañana, hermano? Brandom y yo nos hemos gastado casi media hora esperando a que bajaras de las habitaciones. Entonces apostamos a costa tuya. Al ver que no aparecías, él dio por sentado que lograste tu cometido más temprano de lo previsto y que enseguida regresaste a la posada a pesar de nuestro previo acuerdo. Pero yo, convencido de que con tu apetito a veces eres insaciable, lo más seguro era que realmente siguieras haciendo rechinar el catre allí dentro. Supongo que entonces ahora le debo las cincuenta libras al capullo

Dibujando una divertida sonrisa, Ryder le hace caso omiso a la endiablada mirada que le dirige su hermano mientras él se aproxima hasta su propia cama en el otro extremo de la estancia.

—En mi defensa, te juro que yo no quería que viniéramos sin antes comprobar si estabas o no allí todavía. Pero Brandom, tu hermanito del alma que tanto te adora, me aseguró que sabrías arreglártelas por ti mismo para llegar aquí.

Lady BeckettHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora