|55| Un factor determinante

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—Tal como os dije ayer, saldré ahora a hablar con mis hombres para que preparen el mejor de los barcos que tengan disponible mientras yo mismo me estaré encargando del mío. Tengo algunas cuantas diligencias que resolver por estos lados, pero os aseguro que en cuanto tenga todo arreglado os mandaré a avisar con un lacayo para que dejéis la casa vengáis al puerto. Manteneos pendiente.

Los tres hermanos Beckett, dispersos alrededor del salón, ni siquiera se dignan en mirarlo al oírlo hablar, más bien concentrándose en catar el sabor de sus copas de un licor añejo que Lord Landon ha osado en tomar de una estantería tras ponerse a hurgar en ella.

El conde de pie frente una repisa repleta de algunas fotos familiares donde contempla a su esposa. El marqués también de pie frente a un ventanal que permite el mar más allá del patio. Y el duque siendo el único sentado en un sillón mientras analiza curiosamente entre sus manos una de las pequeñas piedras preciosas color celeste que ha sacado de la canasta de vidrio que sirve de ornamentación a la mesilla que tiene al lado, mismas piedras que fueron regalo de unos pueblerinos de la isla la Española en uno de sus viajes a las Antillas.

Derek no se deja alterar por su indiferencia ni por el hecho de que se hayan atrevido a destapar una botella de su colección especial sin su consentimiento.

Mucho menos cuando oye a Lord Elton murmurar algo sobre el insípido sabor que tienen las bebidas americanas, a Lord Landon susurrar que lo mejor que pudo hacer por su esposa ha sido llevársela a Inglaterra y a Lord Gerald quejarse del calor tropical.

—¿Tenéis alguna objeción, duda, sugerencia o comentario que aportar?—Hace resonar su voz ásperamente.

Nunca ha tenido un amanecer tan nefasto en su propia casa como el que ha tenido hoy, encontrándose a estos detestables ingleses ya despiertos y allanando su salón en cuanto ha bajado las escaleras con la intención de cruzarlo dirigirse a la cocina que está al otro extremo.

Ni saludos ni buenos días. Ya es demasiado intentar tolerarse entre sí como para obligarse a utilizar a cortesía cuando lo único que son capaces de profesarse entre ellos es tirria y hostilidades. Se ha limitado a repetirles el plan de acción del que les habló anoche.

—Yo tengo una pregunta—Su cuñado se apoya a la pared para ahora mirarle fijamente con ojos cínicos.

—Ladra.

—¿Por qué también tienes tú que volver a Londres? Yo me puedo encargar de avisarle a mi esposa que le hemos salvado el pellejo a su querido hermano y que estás bien. Prometo omitirle el detalle de que casi te dejas abrir la yugular a manos de tu enemigo gracias a tu temeraria terquedad por no querer desprenderme de tu barquito.

—¿De qué hablas, tío?—La voz de Lady Cheryl llama la atención al entrar al salón.

La muchacha no ha esperado encontrárselos a todos despiertos, tomando en cuenta que ha pensado que se ha despertado muy de temprano con la intención de ir a despertar al Evanson. Incluso ha pasado por su habitación creyendo encontrarlo aún acostado y luego bajado las escaleras para buscarlo, no contando con que su padre y tíos ya estuviesen también fuera de sus habitaciones.

Pero al parecer los hombres han madrugado y ella ha sido la última en levantarse.

El comentario que escucha de su tío le hace fruncir el entrecejo cuando se deja apreciar por todos. Busca respuesta inmediata en el yanqui, quien no le corresponde la mirada mientras solo se concentra en mirar de mala manera su cuñados antes de responderle.

—Tu ciudad ni tu maldito país son mis destinos predilectos, inglés, pero creo tener el derecho y la libertad de viajar allí cuándo me salga de los cojones.

Lady BeckettHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora