|45| Contradicciones y confusas emociones

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Siendo empujada ligeramente, casi tirada, la muchacha es introducida en el camarote y seguidamente la puerta se cierra otra vez.

Derek traga saliva mientras asimila la situación. Apenas entiende lo que acaba pasar, endurece su semblante y le empieza a hervir la cólera.

—¡Condenado enano! —Truena desde su posición en el suelo, dándole un respingo a la muchacha.

La misma a quien, para su desgracia, los nervios han traicionado un poco, viéndose de repente atiesada. Aunque había estado experimentando cierta inquietud por saber que lo tendría enfrente después del tiempo transcurrido, no pensó que podría sentirse tan intimidada por él.

No después de todo lo que ha pasado entre ellos y no después de haber estado intentado enfriar sus sentimientos. Pero no ha evitado volver a sentirse desestabilizada en su presencia.

Suelta un bufido y se obliga a espabilarse.

Da un paso hacia delante, decidida.

—No te ensañes con él. Lo he chantajeado y endulzado con compasión para hacerlo sucumbir—Se deja oír sutilmente, ganándose la intensidad en la mirada del Evanson. Una intensidad que atestigua como su cercanía efectivamente le ha perturbado. La mira con el ceño fruncido y casi endiablado.

Lady Beckett decide no dejarse amargar al saber la negativa afectación que está provocándole: el hombre no disimula ni un poquito el fastidio que supone verla.

Distingue su inmediata alteración. Su respiración tornándose extenuada y la rigidez adueñándose de su cuerpo. Claros indicios de su irritabilidad. Como habría de esperarse, no le ha agradado en lo absoluto que lo hayan forzado a enfrentarla.

Por su parte, a ella solo le ha bastado echarle una ojeada para que al instante sus sentimientos se refrescasen en contra de su propia voluntad, y que la piel se le haya vuelto a calentar. Había pensado que podría mantenerse inmune a él, que le sería fácil sobreponer su orgullo, su dolor y su indignación como filtro para anestesiar todo lo demás.

Pero aquí está, con su cólera desplazada a un segundo plano mientras que, traicionándole, el corazón se le ablanda haciéndola sentir terriblemente extasiada al verlo.

Contrario al rencor que esperaba sentir en sí misma al encararlo, el cuerpo le cosquillea de emoción.

Es incapaz de evadir tales influjos cuando al repasarlo con su detallista mirada, se encuentra con una estampa del hombre a sobremanera atractiva: sobriamente sentado en el piso, apoyándose la espalda sobre el frente de su litera, con el torso completamente desnudo, descalzo, con su pelo azabache alborotado y apenas vestido con unos holgados pantalones grises. Él, tan auténtico como su hermana se lo había descrito en su condición de hombre de mar.

Despojado, rústico, bohemio. Viéndole así por primera vez, casi al descubierto, la muchacha aprecia ahora mejor que nunca su robusta complexión, su corpulencia de hombre y su madurez física. Y ella, tan minúscula delante suyo, ¿enserio ha pensado valerse como mujer para él? Vaya ridiculez.

Desvía la mirada para evitar sensibilizarse y se obliga a echarle una ojeada al camarote para darse cuenta de la igual condición en que lo tienen de rehén. Un mismo polvoriento camarote, una misma andrajosa litera y la misma silla de mimbre.

La mirada del yanqui, en cambio, no se aparta de ella. Para su propia desgracia, no cree contar con la suficiente voluntad de despegarle los ojos.

Su primer instinto al verla ha sido cerciorarse de que está bien. Aunque ha sabido que los japoneses no le han hecho daño, no previene querer asegurarse a sí mismo de ello al confirmar la inexistencia de signos de violencia.

Lady BeckettHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora