|46| Éxtasis y un soldado caído

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Derek jamás ha oído una afirmación tan poco sustancial y con tan poca convicción, a pesar de que ella no haya dudado ni tardado en pronunciarla

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Derek jamás ha oído una afirmación tan poco sustancial y con tan poca convicción, a pesar de que ella no haya dudado ni tardado en pronunciarla. Vaya joyita es Lady Beckett.

Mientras vaya adquiriendo mayor madurez de la que tiene, será sin duda una mujer temible en audacia y coraje. Aunque este pensamiento casi le hace sonreír una vez más, se reprime de hacerlo y mantiene su expresión inconmovible al seguir mirándola para soltar una última y decisiva interrogante:

—¿Entonces realmente no me quieres, Lady Beckett?

Nota que la perturba, sin dudas. Está claro que no esperaba que le preguntase tal cosa. Abre la boca para replicar, pero nada sale de ella. Y es que la pregunta la desafía. En su interior se confrontan su honestidad y su fachada.

No se cree capaz de echar por el suelo sus propios sentimientos al negarlo y mentirse a sí misma. Más cuando hacer esto supondría darle la razón al yanqui sobre su falsedad y su inmadurez. Pero tampoco tiene ganas de que él ponga una vez más en tela de juicio su sentir, cuando bien le ha quedado claro lo que él opina y siente.

—Bástate con saber, Derek, que yo...

—Me estás mareando usado y desusando el formulismo, Cheryl.

—Bástele con saber, capitán, que no volverá a ser víctima de mis...arrebatos. De sobra he entendido que soy muy joven e inexperta en cuestión de discernir mis emociones. Es usted muy atractivo y yo me he dejado llevar por la lascivia. Entenderá que mi juventud ni mi posición como aristocrática me inmunizan contra el morbo. Y mi inmadurez me ha hecho interpretar el deseo con el enamoramiento.

—La entiendo, milady. A veces uno es muy bruto y tiende a confundir el desear con el querer. Y el querer con el desear....

A estas alturas ya el yanqui no puede obviar la traición que le está jugando su propio cuerpo, descentralizándose de su gobierno y no acudiendo a ninguno de sus intentos de dominio. Ha perdido el control de sí mismo y no sabe si para bien o para mal.

Se siente extrañamente liviano y aflojado, desentendido, sumiso. Dócil. Sin plomo sobre sus hombros. Sin armaduras ni grilletes. Sumiso a los estímulos.

—Tal cual, capitán. Uno muy irracional a veces y yo he perdido al completo mis cabales. Siento que haya usted sufrido eso. Pero estoy segura de que le alegrará saber que ya he digerido de buena manera lo incompatible y absurdo de mis pretensiones. Me he dado perfecta cuenta de que ni usted es hombre para mí ni yo soy mujer para usted...

—Oh, calla, mujer...—La interrumpe cuando hace que boca embista la suya, cortándole las palabras.

Sin haberse dignado a levantar la mirada en ningún momento, la muchacha no ha podido predecir el abrupto movimiento del hombre al acortar de sopetón la distancia para lograr acercarse los labios de ella.

El sorpresivo impacto del beso la desencaja.

Permanece pasmada solo hasta que empieza a paladear la inmediata calidez en los efusivos roces del hombre que la espabilan con un cosquilleo eléctrico.

Lady BeckettHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora