|52| Un acto suicida

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Una ligera sonrisilla, pendiendo entre el alivio y la malicia, adorna el rostro de Masayoshi mientras tantea el aúrico anillo entre sus dedos y sus ojos lo escudriñan con esmerado interés, detallándolo desde todos sus ángulos.

El Evanson aprovecha su extendida apreciación por su joya para permitirse a sí mismo unos segundos en examinar el ambiente y sopesar todas sus probabilidades, rebuscando alguna manera aleatoria de la que pueda valerse para zafarse de la inminente y espinosa situación que detonará al oponerse al emperador en lo que concierne al acuerdo pactado.

A simple vista, en cambio, el panorama no pinta nada a su favor. Al regresar al barco, lo han traído directamente hacia el aposento del amo, posicionándolo justo enfrente de su gran sillón de mimbre, su especie de improvisado trono, desde donde el regordete japonés embutido en una extravagante túnica alardea de su soberbia y derrocha su dictatorial autoridad.

Dos esbirros lo custodian, uno a cada costado, quienes con son sus agrios semblantes sujetan impasiblemente hacia abajo la empuñadura de sus sables desenvainados.

Otros cinco esbirros más hacen presencia en la estancia. Tres de ellos manteniéndose al margen, pero expectantes desde su esquina. Y los otros dos ubicados estratégicamente en la retaguardia, detrás del yanqui.

Derek reconoce que al mero estilo americano, con los puños a diestra y siniestra, podría deshacerse muy fácilmente de los ocho individuos, contando al emperador. Pero, dadas las circunstancias, poco podría lograr únicamente con su brutal fuerza los ágiles movimientos de las herramientas de combate de estos asiáticos. Antes de querer llegar a noquear a alguno de ellos, ya tendría la punta de un sable atravesándole las costillas o abriéndole la yugular.

Y si ya de por sí sería arriesgado jugarse a la suerte con uno de ellos, da por suicidio la ventura de enfrentarse a un "todos contra uno". Su cabeza rodaría al instante.

Sin embargo, si no logra darse a la huida ahora, su cabeza rodará de todas formas.

Pero es que, aun cuando hipotéticamente lograse salir de este camarote, sabe que los restantes miembros del séquito japonés se encuentran esparcidos en cubierta: algunos montando vigilia y otros intentando desempeñar las necesarias labores de marinería. Ha oído que todos se la están apañando en pasar desapercibidos en el puerto mientras reacondicionan el barco para volver a zarpar cuanto antes de la costa americana.

La situación, viéndose por donde se mire, no le presta ninguna vía de escape al alcance de sus posibilidades.

Y esto no significa otra cosa más que no tener otra opción que ponérsele en bandeja de plata al maldito japonés y que este haga con su pellejo como se le antoje.

Derek permanece inmutable, convencido en no delatar que la impotencia ha empezado, más que a asustarlo, a frustrarlo y hacerle hervir en cólera. En realidad, la situación muy poco lo intimida. Pero la actual sensación de vulnerabilidad lo trastorna.

No es su primera vez encarando situaciones en las que peligra su vida a tal magnitud. Desde verse con las sienes encañonadas por un revólver hasta sentirse a poco de padecer ante la inclemente bravura del clima durante la más fuertes tormentas en alta mar, lo cierto es que sus insensatas fechorías y su temperamento temerario lo han llevado a degustar en repetidas ocasiones el gustillo agridulce de enfrentarse cara a cara con el dedo fulminante de la muerte.

Con tales experiencias ya ha tenido la oportunidad de cavilar al respecto, y la idea de abandonarse a la inexistencia se le antoja tan perturbadora como reconfortante, tan ácida como azucarada. No es como si le tuviese gran afinidad al drama del vivir como para que le espante terriblemente la idea de morir.

Lady BeckettHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora