Lady Beckett es una pícara jovencita aristocrática que ha agitado un avispero. No hay ojos que no estén puestos en esa nueva joya que forma parte de una de las dinastías más importantes y controversiales de la nobleza del Reino.
Recientemente presen...
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El atardecer y sus destellos anaranjados ya empiezan a iluminar las adoquinadas callejuelas de South Kensignton.
Es entonces cuando el conde abandona su aposento marital para ir junto con sus dos hermanos al Legends Hall para desquitarse del estrés acumulado durante la noche anterior. Y en cuanto Lady Evelyn también se espabila, las doncellas conducen a la pequeña Astrid hacia los senos de su madre para recibir lactancia. A excepción de Derek, los demás yanquis siguen caídos rendidos en sus dormitorios, cobrándole las correspondientes facturas al sueño por no haber podido descansar y más bien desvelarse por tantas horas después de haber arribado de una larga travesía por mar.
El mayor de los Evanson, tras recuperarse de la pertubación causada por aquella insolente muchachita que lo había dejado descolocado, no tardó en despedirse de la criatura en su cuna y luego también abandonar la estancia, agradeciendo al cielo no vólversela a encontrar por los pasillos. Pero contrario a su plan de salir a buscar posada para él y sus hermanos en Picadilly, Derek más bien se enfiló hacia los jardines de la mansión y deambuló por todo el patio hasta que supo que su cuñado había tomado un landó y se había retirado. Entonces no vaciló en volver al vestíbulo y subir las escaleras hasta el dormitorio de su hermana.
Tras tocar la puerta para recibir el permiso de entrada, Derek se encontró a Lady Evelyn sentada contra el espaldar de su lecho y con la criaturia acurrucada en su regazo. No lo pensó dos veces antes de ocupar una porción del colchón junto a ellas, tan cerca como para poder alargar su mano y acariciar sutilmente los aterciopelados pómulos de la bebé. No pudo evitar sonreír a sus anchas al percibir la contentura de su hermana mientras la veía hacerle mimos a su primera hija con el conde. Ese fatídico inglés que, aunque le cueste creerlo y aún más admitirlo, la hace feliz. Y al menos esta es la única razón que se interpone antes las tremendas ganas que él tiene de estampar su puño contra la mandíbula de Landon Beckett.
Desde entonces han transcurrido medio cuarto de hora mientras el yanqui y Lady Evelyn se han destartalado hablando casi en susurros, puesto que la pequeña lady Astrid se ha quedado profundamente dormida otra vez.
—¿Estás diciéndome que la Excelsior tendrá una oficina en Londres?—Lady Evelyn se da cuenta muy tarde de que, debido al entusiasmo que le acarrea tal noticia, no ha prevenido alzar un poco la voz. Pero por suerte la criaturita ni se inmuta
Hasta ahora han estado comentado sobre la insólita decisión de Brandom, que como administrador principal de la compañíaa naviera familiar, ha tomando la iniciativa de restablecer el comercio con Inglaterra. Dicha novedad significa que ahora sus barcos podían venir libremente a realizar rutas mercantiles a cualquier puerto del Reino y ya no estarían sujetos a las tantas restricciones que antes llevaban impuestas. El mediano de los Evanson ha creído conveniente contar con esta nueva opción de destino depués de que hace seis meses— precisamente a causa de Derek— perdiesen unas de sus principales rutas en Japón.