|48| Una intempestiva tormenta

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Al Evanson no le ha fallado su instinto de veterano marinero cuando dos días atrás fue llevado a la cubierta y estando allí pronosticó que prontamente no les vendrían buen tiempo.

Ayer, con la brisa inusualmente álgida que se colaba por el portillo, corroboró su pronóstico.

Estando ya inmersos en el Caribe, con la tropical temperatura que caracteriza a estas aguas, lo normal es que incluso la brisa nocturna fuese cálida. Pero se pasó toda la noche sintiendo a como la muchacha le tiritaba la piel acurrucada entre sus brazos.

Las densas nubes grisáceas que habían opacado al atardecer del día anterior le habían advertido que sería justamente al día siguiente que el clima les jugaría una trastada. Por ello no se sorprendió cuando el cielo amaneció descargando un rabioso aguacero.

Acostumbrado a estos temporales, Derek no se habría inmutado ni se habría espantado el sueño con la fuerte lluvia arremetiendo contra ellos. Pero su acompañante de cama, tan pronto sintió los embistes de del inquieto oleaje, se despertó alarmada y lo espabiló.

—Se está bamboleando mucho, Derek...—Le advirtió y él vislumbró que estaba asustada.

—Es lo normal, pequeña. La lluvia agita las olas y las olas zarandea el barco—Le ha explicado.

—No me gustan para nada estos movimientos. Me tienen de los nervios.

—No le des mucha importancia. Ya pasará—La intentó tranquilizar acurrucándola contra su pecho e instándola a seguir durmiendo.

Lo que Derek no ha esperado es que la tempestad continuase arreciando todavía horas más tardes, incluso intensificando su violencia y haciendo crecer la pleamar. El barco meciéndose a potestad de las bravas ráfagas del viento y de los impactos de las olas.

Cuando Kioshi ha venido a traerles el desayuno, ha justificado la poca ración diciéndoles que dadas las circunstancias del tiempo los hornos debían permanecer apagados. Se le veía incluso mareado y puede que un tanto atemorizado al venir de contemplar la situación desde el exterior.

La muchacha también ha querido ver por sí misma el panorama asomándose a través del portillo, pero Derek se lo prohibido rotundamente y la ha persuadido de no hacerlo para no alterarle más los nervios.

Es consciente de lo acojonante que puede hacerse ver el mar bajo los azotes de una tormenta. No le caben dudas de que se trate de una. Las tormentas tropicales son muy propicias en esta región y aún más en esta época del año, la conocida temporada ciclónica.

Derek solo ruega para que se limite a ser una simple borrasca que ha venido a importunarlos y que no fortalezca su agresividad hasta convertirse en un huracán que pueda desviarlos de su dirección, hacerlos caer en naufragio o, considerando todas las posibilidades, hundirlos.

Estos episodios habituales en las rutas marítimas no suelen intimidarlo. Claro que siempre ha sido él quien ha capitaneado su propio barco, haciéndose cargo del timón y con una capacitada tripulación a bordo para hacerle frente a los contratiempos.

En cambio, el hecho de ahora ser un rehén cautivo bajo el incierto manejo de otras manos no lo reconforta en lo absoluto.

Sin embargo, no demuestra su inseguridad y más bien se mantiene impasible para lograr transmitirle sosiego a la muchacha, quien es incapaz de quedarse quieta en la cama y se ha pasado todo el rato caminando de un extremo a otro del camarote.

—Si me mantengo yo en mi movimiento, logro obviar los movimientos del barco y así no me mareo—Se justifica cuando por enésima vez el hombre le pide regresar a su lado sobre el colchón.

Lady BeckettHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora