Capítulo XVI

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Hades

Sus ojos azules me contemplaban con algo peligroso, ilusión. Hela había devuelto ese sentimiento a mi vida. Aun podía sentir el olor de su cuerpo sobre mi.

Todavía podía sentir sus besos y sus caricias. En mi mente todavía resonaba su voz, extasiado con la forma tan sensual en la que decía mi nombre.

Había sido el primero en su vida, eso me hacía sentir alguien especial.

Ella me eligió.

A mí, al dios del inframundo, a un ser lleno de oscuridad.

Mi pequeña diosa había sobrepasado cualquiera de mis expectativas.

Nunca desprecie mi puesto, siempre lo acepte, pero ahora solo deseaba ser alguien normal y poder vivir a su lado.

Volver al inframundo y dejarla sola después de habernos unido me daba migraña. No quería que pensara cosas que no son. Porque desde ahora, solo sería ella.

No iba a hacer nada que pudiese dañarla de alguna manera.

Pero no tenía muchas alternativas con respecto a permanecer a su lado.

Problemas.

Mi existencia siempre estuvo llena de problemas que ocupaban mi tiempo, como ahora. Distrayéndome de las cosas que realmente me importaban.

Ella.

Ella era lo que importaba.

Odié a mies hermanos más que nunca.

¿Por qué carajos insistían tanto en querer verme?

¿Se abran enterado que quiero derrocarlos?

Pues me vale.

Solo tenía pensamientos para la pequeña diosa de ojos zafiros.

Mientras más recorría los pasillos de mi reino más aumentaba mi enojo. Sin mencionar que, el ser que camina junto a mi, no ayuda en lo más mínimo.

— Y ahora ¿cómo te quito lo idiota? - cuestionaron a un lado.

Era Adrish, claramente intentando joderme aun más.

Mi sabueso me miraba con el ceño fruncido por no prestarle atención. No se había callado ni un segundo desde que dejamos Puerto Príncipe.

—¿Por qué mierda fuiste a su casa? - le reclamé.

Si no fuera por él, todavía estaría con ella disfrutándola de todas las maneras posibles.

—¡Ya te lo dije! -grito. — Hay problemas, muchos, tus hermanos, Miguel y la mujer que tenes como reina.

Me detuve abruptamente detallandolo.

Jamás lo había visto tan desesperado. No es típico en él.

—¿Puedes calmarte?

—Ese es el problema, te tomas todo a la ligera.

Llegamos al palacio y Anubis nos saludó cuando traspasamos las puertas.

El heraldo también tenía mala cara.

—Mi señor, los mensajeros...

Una sola mirada basto para que no siga hablando. No necesito volver a escuchar lo mismo. Estaba cabsado.

—¿Puedes escucharme, aunque sea? -habla Adrish.

Le pido que me siga. No iba a aguantar sermones de pie.

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