Capítulo XXXVIII

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 Ares

Mi nombre ha sido atribuido al caos, a la destrucción y a la muerte. Debía reconocer que amaba esa fama, ya que me describe a la perfección. A comparación de mis hermanos nunca demostré ser alguien que no era.

Soy el dios de la guerra. Me gusta el caos, disfruto de la destrucción y me fascina el olor a muerte. Soy el segundo regente del Olimpo y uno de los seis seres más poderosos de la existencia.

No soy un buen hombre y jamás aspiré a hacerlo. No hay bondad en mí ni tampoco la quiero.

Disfrutaba crear disputas en el mundo mortal que desencadenan terrible guerras, siempre le agradecí a mi padre el haberme dado tan admirable tarea.

Desciendo del mismísimo Cronos. Un ser despiadado y sanguinario, creador de la existencia y fundador de los cuatro reinos, por lo que siempre desee que mi descendencia sea igual o mejor que la de mi padre.

—Ares – me llama Artemis sacándome de mis pensamientos. —Hades y el arcángel siguen mandando tropas, cada vez más numerosas, los tenemos pisándonos los talones.

Me frustra el hecho de que seguían intentando dar conmigo después de tanto tiempo, como si pudiesen o fuera fácil encontrar al mismísimo caos, pueden unirse hasta con Zeus y ni así serían un oponente digno.

—Avanza con un grupo, si quieren pelear pues que peleen.

Me alejo ingresando a donde está mi hijo. Me sonríe ladino cuando me ve. Sabe lo que hizo y el placer que tiene le va a durar poco. Me costó mucho encontrarlo ya que después de haberme traicionado se escondió como un cobarde.

Lo detallo por unos segundos.

—¡Me das asco maldito traidor! – escupo mientras suelto las cadenas que chocan contra la carne de mi segundo hijo, en quien confíe por años y me pago de la peor manera.

Tuve dos hijos en toda mi vida, Efesio, el primero quien se volvió un rebelde descarriado incapaz de controlar y su hermano que por el contrario era fácil de moldear a mi imagen o eso creí.

—¡El sentimiento es mutuo padre! – dice.

La furia me ciega al punto de desquitarme con él. Suelto una y otra vez el peso que cae sobre él haciéndolo temblar por el dolor.

No llora, no se queja, solo aguanta.

—¿Dónde está la perra? ¿dónde la llevaste? – indago ya que no tengo dudas de que fue quien ayudó a la bastarda a escapar.

—¡Puedes torturarme todo lo que quieras que jamás te diré!

Una parte de mí admira su fortaleza, la cual demuestra ser un ser digno de la sangre que le corre por las venas.

La sangre que brota choca en el piso formando un pequeño charco.

—No tendré piedad Ercles, tu vida no vale nada ante la satisfacción de verla humillada a mis pies – hablo y solo me mira.

Su estado es débil, tantos golpes lo volvieron algo inútil, no puedo interrogarlo en ese estado, soy consciente de que si sigo puedo matarlo y eso no me sirve.

Necesito encontrarla.

Estuve esperando por años que la bastarda cumpliera cierta cantidad de años y así poder disfrutarla como es debido. Tengo que reconocer que una parte de mí se sintió atraído por su belleza tan idéntica a la de su madre, pero su origen me hizo repudiarla.

Por más belleza que inunda su ser, es la hija de un traidor y los traidores deben erradicarse.

Destruyéndola, destruiría al malnacido que se atrevió a meterse en las sábanas de mi mujer y encima no contento con eso la embarazó poniéndome en ridículo ante todos.

La humillación que viví el día que me felicitaron por su embarazo no se la deseo a nadie. Ese día comprendí por qué la diosa me evitaba. Todo se volvió claro, la muy mal nacida tenía un amante.

Siempre le reproche a Zeus que no me dejara acabar con su vida antes de que naciera.

El llamado de uno de mis comandantes me detiene y salgo a ver qué es lo que quiere.

—¡Señor disculpe, tenemos información de que su hijo fue hacía el norte en esos días! – sonrío ante las palabras.

Cada vez estoy más cerca de volver a encontrarla y esta vez no tendré piedad.

—Ordena que partamos, no quiero errores.

Asiente acatando la orden. Ser el dios de la guerra tiene una ventaja muy grande y es la lealtad de miles de guerreros. Son miles y miles de soldados listos para cumplir hasta el más insano de mis caprichos.

—¿El norte? – su cara se transforma cuando entro dándome la confirmación que necesito. —¿A dónde la llevaste? No creo que sea muy difícil encontrarla.

—No la lastimes más por favor, ella... - se calla cuando el filo de mi espada lo atraviesa. Sus ojos se abren grandes mientras intercala las miradas, no se lo esperaba, era iluso siempre lo fue.

—Tu destino hubiera sido grande si seguías a mí lado querido hijo, lástima que decidiste ir en mi contra – beso su frente a modo de despedida.

No me duele, pero en el fondo le había cogido cierto aprecio. Saco y limpio la espada mientras lo veo colgado, dejó de moverse y su aura está débil.

En un gesto de bondad impropio en mí ordenó a uno de mis hombres que lleven el cuerpo a su madre, que se despida y comprenda de una vez por todas quién es el dios de la guerra.

Nos movemos de inmediato ya que no soporto esperar más.

Las tierras del norte son el lugar menos avanzado del reino. Las personas que viven allí se niegan a la ayuda que brinda la industrialización y viven como campesinos alejados de todos.

Mientras más avanzamos más me saboreo el hecho de volver a tenerla, de volver a sentir su miedo e impotencia. La gente no duda en dar la información que pedimos y luego de tres días logramos dar con ella.

—¡Mantén a las tropas alejadas, no quiero que se percate de mi llegada! – ordenó poniéndome la capa.

La tela roza con la piel lastimada por el corte que me decora el rostro de punta a punta mandándome una corriente de dolor que disfruto. Mi hermano me dio la espalda hace meses y dejó claro su mensaje al atacarme de una manera muy peculiar.

Me adentro en la pequeña aldea ansioso. Fueron muchos meses detrás de ella. Busco un lugar en donde quedarme y espero por ella días enteros en los que comienzo a dudar si de verdad estaba en este lugar.

Hasta que la veo. No puedo evitar sonreírle cuando nuestras miradas se cruzan y cierro los ojos grabándome su cara de miedo.

Los abro y la veo correr desesperada. La dejo ya que eso hace la situación más divertida. 

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