EL PRECIO DEL OLVIDO

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Leticia había salido a dar un paseo para dejar intimidad a Sol y a Diego. Sintió entonces la necesidad de ir al lavabo, así que entró en el del restaurante. Lidia había ido a dormir a su pabellón, y Pablo seguía frente a la hoguera. En ese momento oyó gruňidos, así que se incorporó, alerta. No veía nada por la oscuridad de la noche, pero los zombis comenzaron a amontonarse sobre la verja y ésta empezó a ceder. Pablo, presa del pánico, corrió a sujetarla, pero finalmente, cayó sobre el hombre, aplastándolo, al tiempo que los zombis lo devoraban a través de las rendijas de la verja. Sus gritos agónicos alertaron a Sol y a Diego de que algo iba mal. Se incorporaron sobre el césped artificial del campo de fútbol, y vieron una gran horda acercándose a ellos. Ninguno había visto tantos zombis juntos nunca.
-¿Qué hacemos?-preguntó Sol muerta de miedo.
Diego sacó una pistola y ofreció otra a la mujer, al tiempo que ella le miraba sorprendida.
-Más vale prevenir que curar. Vamos, a las gradas.
Sol obedeció y lo siguió, una vez allí comenzaron a disparar.
-Deja al menos 1 bala-dijo Diego.
Sol le miró, preocupada ante tales palabras, y continuó su labor. Los disparos pusieron sobre aviso a Alberto, Sandra, Javier y Alejandra, que estaban al lado del restaurante. Caminaron sigilosamente hacia el pabellón donde estaba Lidia y la despertaron. No sabían donde estaba Leticia, así que siguieron sin ella. Una vez juntos, cogieron 4 pistolas que la mujer había guardado. Todos menos Sandra salieron armados.
-Venid, no hagáis ruido ni disparéis a no ser que sea necesario-dijo Javier.
Caminaron casi a tientas, tratando de llegar al puesto de guardia, pero mientras lo hacían, un zombi agarró a Sandra por la espalda. La niňa comenzó a gritar, y Lidia mató a la criatura. Todos los zombis fijaron su atención en ellos.
-¡Corred!-gritó Javier.
Todos lo siguieron, pero al doblar una esquina, un zombi apareció de la nada y se tiró sobre él. El hombre comenzó a disparar, pero en su estómago. Cuando Alejandra lo mató, ya era tarde. Le habían mordido. Todos lo miraron, abatidos, pero Javier se levantó y corrió hacia la horda que se aproximaba pasando por encima de la verja. Empezó a hacer gestos con los brazos y a gritar para llamar la atención de los zombis.
-¡Corred, rápido!
Esas fueron las últimas palabras de Javier antes de volarse la cabeza. Los demás echaron a correr con el corazón partido, pero otros zombis se interpusieron en su camino. Sabiendo que no lo lograrían, Lidia abrazó rápidamente a sus hijos y se lanzó hacia las criaturas, para después dispararse en la cabeza. Los niňos comenzaron a llorar desconsoladamente, pero Alejandra los agarró y los obligó a correr. Por fin lograron llegar a las improvisadas escaleras de hechas de ladrillo. La joven les indicó a los niňos que subieran, y una vez lo hicieron, ella trató de subir, pero la escalera era inestable y se desmoronó. Alejandra cayó y los zombis fueron a por ella. La chica trató de correr pero fue inútil. Las criaturas la atraparon.
-Tenemos que irnos, Sandra-dijo Alberto.
Y dicho esto, los niňos se perdieron en las calles de la ciudad. Mientras tanto Sol y Diego seguían en su encrucijada disparando desde las gradas.
-Sol, salta-dijo el hombre cuando vió que los zombis subían a las gradas.
Ambos saltaron al campo de fútbol.
-¿Qué hacemos ahora?-preguntó Sol una vez se hubieron incorporado.
Diego miró a todas partes, desesperado, y finalmente vió su salvación. El coche del que procedía la música estaba al otro lado del campo. Ahí no habían llegado todavía los zombis. Se maldijo a sí mismo por no verlo antes. Agarró a Sol de la mano y corrieron hacia el vehículo. Se montaron y apagaron la música.
-Vamos a salir-dijo Diego presionando el hombro de Sol.
Se sonrieron, y tras atropellar a multitud de zombis, se perdieron en las calles de la ciudad. Tiempo después Leticia salió del restaurante, pero al ver a los zombis cerró de inmediato la puerta. Gracias a Dios, los zombis no repararon en ella. La joven gimió, asustada, y se asomó con cuidado a una ventana. Había demasiados para salir, y ella tenía únicamente un cuchillo sacado de la cocina del restaurante. En ese momento se acordó de que llevaba un mechero, y una idea esperanzadora cruzó su mente. Abrió la ventana y rocío con bebidas alcohólicas la hierba que rodeaba el restaurante. Acto seguido, encendió el mechero y lo arrojó. El fuego se propagó, y varios zombis se acercaron, atraídos. Leticia aprovechó esa distracción para salir corriendo, esquivó a los zombis. Fue fácil hacerlo, ya que la mayoría de criaturas estaban aglomeradas en 3 zonas distintas, seguramente, devorando a sus compañeros. Leticia supuso que habían perecido muchos, y con gran dolor, abandonó el lugar.

Hola a todos/as, me da mucha pena, pero he acabado Hambrientos. Este es el último capítulo. Quiero agradeceros el haber seguido la historia capítulo por capítulo, vuestros votos y vuestros comentarios. Gracias a vosotros hemos superado los 7000 leídos. En 3 días aproximadamente, publicaré la secuela de Hambrientos. Se llamará Hambrientos 10 aňos después. Ocurrirá, lógicamente 10 aňos después, y espero que os guste y que la leáis. De nuevo gracias a todos.

HambrientosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora