Terry
La mañana era fresca, el sol se asomaba para cuando llegó a la Fiscalía y, por una vez, el tráfico había cooperado. Se apresuró por el pasillo y entró al área de los cubículos; al final divisó a un hombre con anteojos que lo esperaba frente al escritorio de Rosalía. Alrededor del cuello llevaba una placa de identificación: Samuel Marino, División de Delitos Cibernéticos.
Por lo menos algo salía bien. La mañana no había sido del todo mala; a pesar de que Finnegan se fue temprano y no le respondió al último mensaje que le envió, las dos palomitas azules de WhatsApp indicaban que leyó y vio el archivo. Ya se lo esperaba. Por desgracia, su agenda ocupaba el resto del día y no tenía motivos de trabajo para visitar al forense. Una vez más, debía dejar su vida personal de lado; y cuanto antes empezara, mejor.
—¿Y bien? —Abrió la puerta de la oficina, ingresó y esperó a que Samuel lo hiciera para cerrar—. ¿Qué encontraste?
—Tengo la copia de la grabación que falta, pero mejor ve por ti mismo. Será más rápido.
Terry se dirigió al escritorio, encendió la computadora, ingresó su contraseña y se hizo a un lado para darle acceso al ordenador. Samuel se acercó y conectó una USB en uno de los puertos. Tardó un par de segundos en dar con el archivo que buscaba; el original permanecía bajo resguardo.
La reproducción comenzó con el pasillo desierto, nada nuevo ahí. Pasados algunos segundos, un hombre con una gorra de béisbol calada hasta los ojos apareció; su andar era tranquilo, llevaba una delgada chamarra verde oscuro cerrada de tal forma que le cubría parte del cuello. Antes de quedarse en la oficina de Terry, el sujeto dio un breve vistazo a la contigua, confirmando que fuese la correcta. Siguió su camino y se detuvo en la elegida, cerca del escritorio de Rosalía; permaneció apenas un instante. Sus movimientos eran casi imperceptibles. Luego, como si se hubiese arrepentido, regresó por donde había llegado.
No se alcanzaba a distinguir si dejó algo o no.
El video se detuvo. El agente ladeó la cara hacia Terry.
—Lo siento. No hay más rastro.
—Pura mierda. ¿En eso trabajaron toda la noche?
No había una cara para identificar, y era el único que pudo dejar ese sobre. Si salió de ahí debió hacerlo por enfrente o por las escaleras que daban al estacionamiento subterráneo. Maldita sea, tendría que haber más grabaciones.
—Revisé las cámaras y no hubo resultado. —Samuel hizo una pausa, frustrado, pasó una mano por el engominado cabello negro—. Me puse en ello en cuanto tuve la orden. Solo pudimos recuperar esta cámara, las otras estaban demasiado dañadas.
Ahora resultaba que perseguía a un puto fantasma, Terry dio una mirada más al ordenador y negó.
—Las personas no se desvanecen, alguien tuvo que haberse cruzado con él. No pudo tener tanta suerte para evadirnos. —Se alejó unos pasos del escritorio.
—Pienso lo mismo, ya mandé la imagen a los demás departamentos por si alguien vio a un sujeto con esas características.
—Bien. ¿Eso es todo?
—No. Hay algo más, intervinieron las cámaras desde la estación de vigilancia. Instalaron un malware que le permitió acceder de manera remota. Estaba oculto entre otros programas. Aún estamos rastreando la IP, pero el acceso pasó por varios servidores y ha estado rebotando en diferentes países.
—Lo suponía, nunca es fácil. Se ha encargado de cubrir sus huellas y mantenernos girando a su alrededor. Hay que moverse.
—¿Qué harás al respecto? —preguntó Samuel, al tiempo que cerraba los archivos. Dejó una copia en el escritorio del ordenador antes de expulsar la USB.
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Muerte a cada paso
Mystery / Thriller«Las desgracias vienen de a tres» ¿Será cierto, o solo es la antesala al infierno por venir? Bastian Finnegan es un forense casado con su trabajo. No tiene mucho que se unió para ayudar en el caso que le ha puesto los pelos de punta a la ciudad: el...
