El Palacio

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Jen

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Jen

De un movimiento fugaz la mujer que me dio la vida me tomó de mi cabello con hostilidad para zarandearme con fuerza.

—Si te envío mensajes es para que los respondas, malagradecida —vociferó Bethany sin dejar de sacudirme.

Tomé sus manos para alejarla y la aventé para quitármela de encima.

—No me vuelvas a tocar —amenacé, dándole un vistazo a mi alrededor, lo que menos quería era que me vieran con ella.

Su goma de mascar le daba un toque más corriente de lo usual.

—¿Ahora te haces la valiente? Sabes que conmigo no se juega y eres consciente de lo que tienes que hacer —me recordó sin remordimiento alguno por ser su hija.

No iba a permitirle más abuso, no quería hacer lo que siempre me obligaba.

—¡No! —exclamé.

Corrí para alejarme lo más posible de esa mujer que se había convertido en una enorme piedra en mi zapato, en un fantasma del pasado que me atormentaba y no me dejaba ir.

—¡Te necesito!

Me detuve en seco y volteé lentamente hacia ella. Desde que llegué a la vida nunca recibí un cariño de mi madre, ni si quiera sabía quién era mi papá, lo más seguro es que fue uno de sus muchos clientes que la rentaban y ella probablemente no recordara.

—¿Qué? —pregunté desconcertada.

—Vamos a casa y te contaré.

Si aprendí judo desde los siete años fue para defenderme de quien sea y eso la incluía a ella.

Jamás olvidaría aquella noche, esa noche que manchó mi vida justo a la edad de diez años. Ahora todo es algo borroso porque intenté olvidar aquel desastroso pasado oscuro del que decidí escapar.

Si no denunciaba a esta mujer es por el simple hecho de ser mi madre.

Y ya sabía a qué se referencia con "te necesito", pero esta vez no iba a dejar que las cosas se salieran de control.

Bethany me llevó hasta la calle Florida número seis, donde los condominios consistían en cuatro edificios individuales de ladrillos rojos que formaban un vecindario, dos de ellos eran—en teoría—nuevos y los otros dos eran igual de viejos que un don de setenta años.

Era un barrio tranquilo, aunque con mala fama y cada inquilino era todo un misterio. Aparcó el auto y bajamos rumbo al edificio más miserable de los cuatro, ahí era donde yo había vivido los últimos quince años y no era agradable volver.

Fred y Wanda me han recibido como una hija más, al igual que Bernard y Katty—los padres de Milly—ellos me querían mucho y se preocupaban por mi bienestar. Decidí trabajar para valerme por mí misma y ellos me apoyaban con los pagos de colegiaturas al igual que alimentarme y darme un techo donde dormir.

Arrogante y sensual Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora