[Completa] Jenedith Roux no lleva una vida perfecta y su refugio son sus amigas y el judo.
Los problemas empiezan cuando el director del instituto Atlas les da la noticia de que pronto tendrán la presencia del modelo masculino del momento como nue...
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Dim
La oscuridad de la habitación me envolvía. Miré una y otra vez las notificaciones de mi celular: llamadas perdidas de mi madre—ya no me afectaban—mensajes y llamadas de mi padre y de mis hermanos.
Giselle también se había tomado el tiempo de hablarme pero sólo una vez y al único a quien le contesté fue a mi hermano Tristan, él sabía que consumía coca y estaba decidido a ayudarme a dejarlo.
Irme de Milán fue una decisión de golpe, no lo pensé, tenía mi dinero y solo fui al aeropuerto para llegar a Paris. Y era porque sabía que Jenedith estaba en esta ciudad por los Juegos Olímpicos.
Tenía un conocido aquí que vendía algo de droga y había ido con él antes de rentar una habitación del hotel que más me gustaba en Paris. Abrí la bolsita con el contenido blanco y lo esparcí sobre una mesita, me puse de rodillas, pero antes de hacer el siguiente movimiento escuché mi celular.
No quería contestar pero a duras penas me levanté para llegar a él y tuve que parpadear rápido para ver el nombre en la pantalla: pequeña bestia.
Contesté de inmediato.
—Jenedith...
—Te dije que te desbloquearía. Yo... quería recordarte que no estás solo, quiero apoyarte.
Sus palabras fueron como un salvavidas que llegó en el momento oportuno antes de ahogarme. Miré la mesita y de un impulso la pateé para alejar esa maldita droga.
— ¿Qué fue eso?
Piensa rápido Dim.
—Aventé mi maleta y cayó mal —abrí la puerta corrediza al balcón y miré la luna llena que iluminaba las calles de Paris—. Gracias, Jenedith. Te amo, eso no ha cambiado.
Escuché un suspiro al otro lado de la línea.
—Descansa, Dim. Podemos vernos cuando tú te sientas bien.
—Mañana mismo.
—Será complicado, tengo la inauguración de los juegos.
—Estaré ahí para apoyarte, Jenedith.
—Y yo a ti, Dim.
Joder, hace mucho que no sonreía como imbécil y escuchar la voz de Jenedith de nuevo era algo que me devolvía a la vida.
Esa noche, solo en la habitación le llamé a Giselle. Seguía siendo mi esposa y tenía que arreglar las cosas con ella antes de continuar o hacer un movimiento con Jenedith.
Respondió a mi segunda llamada.
— ¿Por qué diablos me abandonaste? ¿Por qué fuiste tan egoísta? ¿Sabes lo que he tenido que pasar?
Apreté mis ojos por los reclamos de Giselle que eran despiadados e inhalé para soportarlo. Tenía razón, yo la abandoné como un cobarde.
—Perdóname, Giselle. No pude continuar en esa casa, no pude manejar la situación —pasé mi mano por mi cabello una y otra vez—. Lo siento.