Capítulo Treinta y Ocho

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Narra Alejandro

Cuando te metes al sud mundo sabes a lo que te enfrentas, vives rodeado de peligros y miedos, pero yo siempre creí que estaba preparado para cualquier cosa y la verdad es que no, nunca estás listo para ver lo que este mundo pude quitarte.

—¿Dónde está mi mujer? —pregunte mientras miraba a Luigi y a mi hija, los cuales eran los únicos en la sala de espera.

Me había comido semáforos, casi choco y no sé dónde putas dejé el auto, solo me importo llegar al piso seis del hospital.

—Está en cirugía Alejandro, perdió mucha sangre —respondió Luigi mientras colocaba una mano en mi hombro.

—Me pueden explicar lo que ocurrió —pedí en un hilo de voz mientras intentaba aguantar las lágrimas.

Era un sentimiento extraño, como si el corazón se quebrara en dos y todo se moviera en cámara lenta y es que no podía perderla, a ella no.

—Al parecer los ucranianos están trabajando con los franceses, así que decidieron atacar las rutas, fue horrible balas venían y balas iban, logramos salir de todo eso, pero al final llegaron de sorpresa y nos hirieron.

No supe que dijo al final, me perdí el zumbido y en las ganas de llorar que tenía tan intensas, luego todo se sintió en automático.

—Malditos —Golpe la pared varias veces y luego apoye la frente, necesitaba calmarme.

—La rubia pidió que te dijéramos que te amaba y que se arrepentía de haberse ido de ese hotel —comentó mientras apoyaba una mano en mi hombro.

—Ella estará bien —murmure mientras me acercaba a mi hija, la cual estaba en una esquina con lágrimas en los ojos y me rompió el corazón verla así—. ¿Como estas?

—Papá —murmuró mi hija mientras me abrazaba—, salí ilesa, pero mamá se arriesgó.

Oírla decirle mamá me dejó mudo, porque a ninguna mujer se lo ha dicho y que lo hiciera me hace darme cuenta el impacto que Sabrina tiene en su vida.

—Tranquila hija, ella es fuerte —dije mientras acariciaba su cabello.

—Luigi creo que debería ir a verte el hombro, ya estoy acompañada —comento mi hija y no dude en voltear a verlo, y hasta ahora me fijo que tiene un trapo en el hombro haciendo presión.

—Gracias —murmure mientras seguía abrazando a mi hija.

—Bien, cualquier noticia me dicen —pidió y asentimos.

Como nos quedamos solos me senté en las butacas y mi hija colocó la cabeza en mis piernas, así que decidí acariciarle el cabello, creo que los dos necesitábamos calmarnos y procesar la información.

Además que amaba como habíamos avanzado estos meses, ahora corre a recibirme cada vez que llego a casa y me deja darle un beso, así que estoy bastante feliz de volver a tener a mi hija de vuelta.

—Estábamos tan bien, bailando y apunto de cometer una locura, pero todo se volvió un caos en segundos, de verdad admiro lo que hacen todos los días papá.

—Es arriesgado, pero toca hacerse el fuerte para seguir en el mando.

—Siempre me quejé de que nunca estabas, pero ahora entiendo que lo hacías por protegernos y sacarnos adelante.

—Solo quería que nada les faltara —admití mientras acariciaba su mejilla.

—Lo lograste, nada nos faltó y mucho menos tu cariño, como a veces decía, si estuviste, un poco ausente, pero siempre quisiste vernos felices, gracias papá —comento en un mar de lágrimas y no dude de mirarla con ternura.

Segundas OportunidadesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora