El universo a veces concede segundas oportunidades; para iniciar desde cero, cambiar viejas actitudes, formar una nueva vida, una familia; solucionar errores del pasado o simplemente volver a enamorarse.
Una pacto entre amigos, un matrimonio arregla...
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La ciudad, en ese jueves en particular, se encontraba más ruidosa de lo normal. Bocinas sonando de manera estridente, parlantes anunciando productos innecesarios a todo volumen, maldiciones y perjurios siendo profesados en voz alta. O, quizás eran simplemente los oídos de Mikasa que repiqueteaban en su interior con el enojo y la irritación llevándola a una espiral enloquecedora.
Recordaba con lucidez el intercambio sostenido el lunes por la mañana. Una cadena de pequeñas desgracias, minúsculos desprendimientos que desencadenaron toda una avalancha en su interior. Desde tirarse la bebida sobre su ropa, lo cual la hizo ver como una tonta el resto del día; seguido por los comentarios burlescos de los accionistas de la empresa; además de la discusión con Eren frente a todos los empleados, quienes no pararon de murmurar durante dos días sobre si ese matrimonio se llevaría a cabo. Y, por último, la cereza en el pastel o, más bien la persona que tiró la bola de nieve que rodó hasta sepultarla, Levi Ackerman, quien había estado presente en cada infortunio y lo había empeorado considerablemente. El sólo pensar en él hacía que su sangre bullera.
Había cumplido su parte del trato, llevando el saco del hombre, a quien ella catalogaba ya como un "pelmazo", a la mejor lavandería de la ciudad, haciendo hasta lo imposible para que se la aceptaran y la entregaran en un lapso corto de tiempo, —pese a las negativas de la encargada, quien clamó que un lugar así de exclusivo no acepta pedidos repentinos y menos bajo calidad de "urgente".— Sin embargo, la joven mujer estaba decidida a cumplir con los caprichos del invitado de su empresa, pues sabía bien que lo necesitaba de su lado si quería cerrar las bocas de todos aquellos que la criticaban. No era necesario entablar una amistad con él —esa era, de hecho, una idea descabellada, imposible incluso a este punto— pero, al menos podría esforzarse y tratarlo moderadamente bien para que sus anotaciones se basaran en hechos reales y no en la opinión sobre su persona. No iba a dejar que un incidente menor arruinara lo que tanto se había esforzado en lograr, mucho menos que los roces con ese tipo afectaran negativamente en su trabajo. Haría lo que tuviera que hacer para ser respetada; se casaría con quien tenía que casarse para asegurar su puesto dentro de la empresa y agacharía la cabeza frente a su ególatra evaluador de ser necesario. Estaba dispuesta a todo. A todo, menos a dejar pasar a ese auto gris que se atravesó sin precaución en su camino. Un bocinazo más, para terminar de sellar su nada perfecto día.
Para darle un poco de paz a sus sienes que palpitaban con nerviosismo, decidió tomar su teléfono y marcar a un número bastante conocido. —Sasha, —saludó nombrando a su amiga, —tengo los ingredientes, ¿me enviarás la receta?
—Hola, Miks. —Saludó emocionada la castaña. —Claro, te la enviaré en un mensaje. Verás que, con esas galletas, conquistarás hasta el corazón más duro.
—No quiero conquistarlo, sólo apaciguarlo. —Dijo abatida, dejando caer su cabeza sobre la bocina de su auto, haciéndola sonar con fuerza.
—Bueno, apaciguarlo, domarlo, lo que sea que quieras lograr. No hay quien se resista a una buena galleta de chispas de chocolate.