El universo a veces concede segundas oportunidades; para iniciar desde cero, cambiar viejas actitudes, formar una nueva vida, una familia; solucionar errores del pasado o simplemente volver a enamorarse.
Una pacto entre amigos, un matrimonio arregla...
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Habían pasado un par de días desde la última reunión con Grisha, y aunque todo había vuelto a una especie de rutina estable, Mikasa seguía sintiéndose extraña. No era algo visible, ni siquiera molesto... era más bien una bruma sutil, persistente, que la mantenía levemente desconectada. Como si una parte de ella todavía no terminara de aterrizar del todo en el presente. Y aunque intentaba negarlo, sabía perfectamente en qué momento había quedado atrapada: en esa mañana en la oficina donde, sin querer, se quedó dormida por unos minutos... y tuvo ese maldito sueño. Uno que aún no lograba quitarse de encima, pese a que, ni siquiera había hablado o sabido nada de su inquietante co-protagonista.
Desde esa —para ella—, fatídica mañana, había vuelto al apartamento que compartía con Eren y, como siempre, habían pasado tiempo juntos. Cenas sencillas, conversaciones triviales, silencios cómodos. Él era amable, atento, cariñoso incluso. Todo lo que se suponía que debía ser. Y, sin embargo, una incomodidad sorda seguía instalada dentro de ella, haciéndole sentir que algo no encajaba del todo. Algo se sentía fuera de lugar, y lo peor de todo, era que ese algo la veía fijamente en el espejo del baño de su oficina.
Mikasa agitó la cabeza con brusquedad y se echó agua fría sobre el rostro, como si pudiera congelar los pensamientos que la sacaban de su centro. Se enfocó en salir del baño, con la cara húmeda apuntando hacia arriba, intentando no prestar demasiada atención a ese sillón, inocente de cualquier idea retorcida, pero culpable de traer recuerdos —falsos— e indeseados en estos momentos.
Y, por supuesto, para añadir más tensión a sus hombros, los cuales se llevaban sintiendo completamente rígidos desde el martes, la cabellera castaña de Eren se asomó por la puerta justo en ese momento.
—Hey, Miks, —la saludó con su entusiasmo de siempre, que en ese instante le resultó casi molesto—. Me preguntaba si tenías tiempo ahora.
Ella le devolvió una sonrisa, pero sintió cómo esa curvatura en sus labios no le pertenecía del todo.
—Claro, ¿necesitas algo?
—No, bueno... más bien quiero hacerte una propuesta.
—¿Propuesta? —repitió ella, con una ceja arqueada.
—Sí. ¿Qué pensarías si te digo que vi el informe que vas a presentar el lunes y que puedo conseguirte las máquinas que propones a la mitad del precio?
Ella soltó una risa corta y amarga, cruzándose de brazos.
—Te diría que me compartas lo que sea que hayas tomado, porque eso es muy poco probable, por no decir imposible —respondió Mikasa, con una ligera risa incrédula.
—¿Y si te dijera que no lo es?
Mikasa se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio.
—¿De qué estás hablando? Esos costos se sacaron considerando todas las variables. Ese es el precio más bajo posible.