Capítulo VII

212 27 16
                                        

Grisha Jaeger sabía que su hijo no era un querubín bondadoso que irradiaba luz a su paso

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Grisha Jaeger sabía que su hijo no era un querubín bondadoso que irradiaba luz a su paso. Como padre, era conocedor de las fortalezas y debilidades que poseía su retoño, siendo para él, lastimosamente, mucho más fácil el recitar cada uno de los fallos que observaba en el muchacho, que enumerar un listado de sus atributos. Sin embargo, es cualidad de cada progenitor el esperar que el fruto de su propia sangre pueda mejorar y resarcir sus fallos. Era esta pizca de esperanza la que lo motivaba a exigir de Eren la mejor versión posible, confiando, en que quizás, el matrimonio que había sido pactado para él pudiera serle de beneficio, enalteciendo en su interior esa parte oculta por tanto tiempo, haciéndolo crecer y mejorar como persona y como el profesional en el que tanto deseaba, se convirtiera finalmente.

Mikasa era como la hija que siempre había deseado, pero no había tenido la dicha de procrear. Una mujer sensata, que amaba y admiraba a su padre y quien se había dedicado a formarse para continuar con su legado. Veía siempre con envidia cómo Jörg presumía de los logros de su pequeña, con su pecho inflado de orgullo y ojos cristalizados a causa de la emoción. Mikasa lo era todo para él, y entendía perfectamente que quisiera protegerla de cualquiera que pudiera dañarla o incluso sembrar en ella la más pequeña de las tristezas. Era por eso que había acudido a él, su mejor y más leal amigo, para poder concretar que el futuro de su única hija quedara en buenas manos. Pero, para Grisha, está tarea no había traído más que noches enteras sin poder dormir, meditando sobre si debía confesarle a un hombre moribundo que, su única esperanza podría no ser el partido perfecto que había estado esperando durante tanto tiempo para su pequeña; confesión que podría conducirlo con más rapidez a la tumba.

Titubeante, el hombre mayor tomó el teléfono entre sus manos, deseando escuchar buenas noticias. El tono de llamada sonó varias veces, forzándolo incluso a llamar de nuevo, hasta que la pantalla indicó que habían respondido: —Eren. —Llamó, esperando por una respuesta.

—Grisha. —Dijo su hijo con tono serio.

—No soy tu amigo, niño malagradecido. Soy tu padre y cómo tal me debes respeto. —Reprendió molesto.

—Como mi padre, deberías saber que aún estoy enojado contigo por todo este asunto del matrimonio arreglado.

—Bueno, si tan molesto estás ¿por qué no me devuelves la tarjeta a mi nombre que tanto te gusta usar para darte tus lujos?

—¡Papá! —Berreó. —Lo lamento, ¿sí?, no debí hablarte de esa manera. —Enmendó con fastidio.

—No me gusta tu tono, pero, al menos está mejor. Te llamé para saber cómo van las cosas con Mikasa.

—¿Por qué? ¿Te dijeron algo? —Cuestionó inquieto.

—No. ¿Hay algo que deba saber? —Preguntó inquisitivo. —Tengo entendido que hoy iba a desayunar con Jörg, así que aproveché a llamarte para que pudiéramos conversar tranquilos.

El muchacho suspiró aliviado. —Todo va bien. Incluso ayer tuvimos una fiesta para celebrar que está viviendo aquí conmigo y presentarla con mis amigos.

Second ChancesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora